José G. Granadillo V.
Cuentos de don Fermín
Antología de mis primeros cuentos
I parte
Desesculturas. Editor
Don Fermín
La región de Trujillo en Venezuela posee un número importante de historias y leyendas que han llegado hasta nosotros a través de generaciones bien sea de manera oral, escrita o mediante hallazgos arqueológicos, abarcarlas en su totalidad pareciera una labor imposible desde mi punto de vista, tal vez alguien algún día tenga la destreza y paciencia de recopilarlas con lujo de detalle en una sola obra o colección no obstante, a través del tiempo, poetas, cronistas, historiadores, escritores, pintores, artesanos etcétera, han contribuido a enriquecerlas, cada uno dentro de sus posibilidades y limitaciones; algunos más minuciosos que otros pero, el común de las mayorías seguramente ha sido el fortalecer el gentilicio y este a su vez robustecer la Venezolanidad. La historia que narro a continuación puede ser ficción o realidad, el pueblo y sus personajes no intentan describir una región o individuo en particular sin embargo, todo fue inspirado en esta tierra de los coycas.
El Encuentro
Al verdadero Fermín(+) de Granados
Al amigo Alberto Medina(+)
Si algo no se le puede negar al pueblo de Comuñere(*) es la forma pintoresca que adquirió con los años, rodeado por casas con gruesos muros blancos rellenos de canto rodado, con altos techos forrados de tejas rojizas, algunas en su interior con pasillos de ladrillos llenos de flores y ventanales de balaustres; sus caminos empedrados colocados con asombroso cuidado se asemejan al interior de los panales de las abejas; un pueblo como la mayoría de los que colindan con el, rodeado de hermosas montañas, lleno de esperanzas y proyectos que distinguen a sus pobladores; uno de esos hijos es el popular don Fermín, un pintoresco personaje llamado Juan Fermín Díaz Esnugue para ser exactos, conocido como caballero y hombre de palabra, amigo de los amigos y contrincante de temer, de contextura delgada, grueso pelo coronado por sombrero de paja y pluma de pavo real, pantalón caqui con hebilla por encima del ombligo; en uno de sus bolsillos se nota un llavero que anuncia, cual crótalo de cascabel, por donde camina, compañero de tertulias, mojitos y cuentos de camino; poseedor de una amplia lucidez que compagina con un envidiable repertorio cultural, y una impresionante maestría para la carpintería, por si fuera poco, con una especial debilidad por la talla en madera, su pueblo es su mundo: ¡de aquí me sacan muerto! le escucharía decir alguna vez:
Bebo poco –comentaría alguna vez- tres o cuatro a lo sumo no más, eso sí !vestidas de novia! sino las devuelvo y ni las pago, eso fue si se quiere su único problema.
A don Fermín le encantaba narrar historias, la primera vez que lo conocí me describió una parte de su vida la cual comparto:
Soy de padres honrados y trabajadores, no muy cultos –en estudios- pero ricos en labores de campo y también de palabra, aquella que en los viejos tiempos valía como el oro. Nací en un pueblo donde dicen, se originó la historia del estado, mi familia se vio forzada a emigrar a otra región siendo yo muy carajito por problemas económicos; papá se quedó sin trabajo y para no pasar penurias tuvo que recoger sus macundales y junto con la familia salir para este, y ahora mi pueblo de Comuñere que no está muy lejos, apenas a 45 minutos de donde nacimos.
El don de repente detiene su narración interrumpida por el fuerte viento que mueve las coloradas flores del frondoso bucare reinoso que observa detenidamente:
Este árbol lo sembró el padre de mi abuelo y en su sombra se han narrado muchas historias a pesar de tener quebradizas sus ramas ¡tenga cuidado!, por esa razón lo han dejado de utilizar como protector de la siembra del cacao y el café; aunque aquí los frutos de la manga del vecino han sido peor que las ramas del viejo árbol.
Pasado un breve instante y antes de retomar el dialogo dice:
Estas frías -cervezas- me inspiran pero me recuerdan que solo cuatro tienen el control de este viejo cuerpo; le puedo decir que son motivos limitados de inspiración -dice mientras sonríe- de pronto mira hacia el norte de donde estamos y suspirando dice: fue allá ¡mi buen amigo! precisamente, en una de las haciendas que rodean a este pueblo, la Barroso de don Jacinto Carrasquero donde aprendí diversas labores, gracias a mi padre que trabajó allí; el patrón de esa hacienda se sacó la lotería con mi taita ¡pobre viejo! todo lo hizo por y para nosotros ¡ya descanso!. Recuerdo que una vez me contó sobre sus orígenes: hijo, me dijo, los ancestros nuestros, los padres de nuestros padres fueron escuqueyes y pertenecían a una gran nación llamada kuikas, dispersada por todo este territorio y más allá, esto me lo contó su tatarabuelo y espero que usted lo recuerde y lo diga con orgullo, nuestros taitas vivieron mucho pero muchos años antes de la conquista y del nombre de Trujillo como tal, fueron los habitantes originarios de estas sagradas y ricas tierras, con una cultura sólida: hábiles agricultores, finos alfareros y tejedores de algodón asimismo, hilaban sus chozas con diferentes palmas, unas que llamaban la redonda, la real y la de hacha. Después de una breve pausa don Fermín comenta sonriendo: ¡mi buen amigo! –así le gustaba decirles a los que le agradaban- se me acabaron las frías, menos mal que ya llegue al límite, pero para terminar la conversa no hay nada mejor que la pella de chimo, dicho esto, saca un envoltorio de hojas secas de cambur y de olor penetrante mientras comenta: esto también me estimula ¡mi buen amigo! me hace hablar más lento, me aclara la mente, me limpia los dientes y me protege de las culebras; por eso nunca me falta este bojotico ¡si gusta!, no don, gracias, en otra oportunidad a lo mejor me decida ¿lo aburro? –pregunta el don con sorpresa- noo! nada que ver don Fermín, lo que dice es muy interesante y a lo mejor hasta a mí me toca algo de esa herencia -comentario que hice para que no se molestara por lo del chimo, ya que es símbolo de amistad y camaradería el compartirlo- ja ja ja sonríe de repente el astuto señor y dice: Bueno, en otra oportunidad que no sea hoy continuamos, hechos ciertos don Fermín le dije.
Siguió el don su camino, sacándose el sombrero en señal de saludo por aquellas calles de piedras, pulidas por el paso de personas, bestias y caballos.
(*) Sierra perteneciente al territorio de los coycas
El Velorio
En los pueblos
se vive y se sufre, a veces más que en otras partes, sobre todo los que se
encuentran muy alejados de las grandes ciudades y por ende de sus hospitales,
muchas matronas o parteras hicieron las veces de galenos, lo mismo sucedió con
las personas que al igual que don Fermín recibieron un conocimiento empírico, a
ellos hay que agradecerles su noble labor. Esta pequeña reseña tiene algo de
verdad y de fantasía, yo mismo la viví con mi suegro Don Benito Rafael Mendoza
Méndez nacido en la población de Granados Municipio Bolívar.
Ha pasado un tiempo desde
aquella amena conversación que tuve con don Fermín, en otra que se dio cuando
visite nuevamente al pueblo de Comuñere sucedió algo interesante: Recuerdo que el
don iba apurado camino a un velorio según dijo –inmediatamente pensé en lo poco
dado que soy a rezos y todo lo que conlleva, pero nada más por escuchar al señor
de las historias, valía la pena hacer a un lado viejos prejuicios-
si gusta acompañarme ¡mi
buen amigo! -diría sin detenerse- como no don -contesté sin pensarlo- pues
apúrele entonces que vamos a llegar tarde, ya el rezandero pasó temprano
-comentó- si algo tenemos en estos pueblos es que somos muy cumplidos,
unidos y religiosos.
Llegamos a una casita
color crema muy modesta si la comparábamos con las demás, destacaban en toda la
entrada unas cortinas moradas que resguardaban parcialmente tres grandes
candelabros plateados que como tétricos vigilantes, rodeaban aquel ataúd
colmado de coronas y lágrimas, los visitantes se reunían en grupos, algunos
sentados otros de pie; igualmente, pude notar la presencia de muchos perros,
conté como trece que no dejaban caminar a nadie en sus carreras hacia ninguna
parte. Entre la multitud se asomaba una pequeña señora muy mayor, cabizbaja,
vestida de luto, de largo pelo recogido por una pañoleta con flores moradas que
le alcanzaba a tapar parte de la frente, al ver a don Fermín el semblante
apenas le cambia y se acerca: el don se apresura la abraza y dice: que buena
vaina nos echó Pedro doña carlina, la señora, por momentos no contesta,
desvalida, pasado un tiempo se incorpora y dice: antes de morir preguntó por
usted señor Fermín; sin inmutarse siquiera el don afirma: no me
extrañaría, anteayer casualmente quedamos en vernos donde Losada, pero no le
pude cumplir porque mi vieja tenía tres días en cama con fiebre, con razón
-dice la señora- que no he vuelto a ver a a la comadre Enriqueta y ¿cómo
siguió? ha ido mejorando -responde el don- con sus medicinas al día, aparte de
un remedio para el pecho con semillas de algarrobo que le estoy haciendo, menos
mal -contesta la señora- que todavía lo tiene a usted cerca, y cambiando
rápidamente la conversación don Fermín me presenta: perdóneme señora Carlina él
es un buen amigo que al parecer está amañado con este pueblo, últimamente nos
ha visitado y hoy le tocó acompañarnos en este triste día para todos, después
de darle las condolencias, la doña pregunta a don Fermín
¿quieren cafecito, chorote o arifuque?
disimuladamente me hice el entendido y por pura curiosidad le dije que me
trajera arifuque, y usted don Fermín –dice la señora- a mi tráigame mejor
agüita que tengo la garganta seca.
Mientras la doña nos
traía las bebidas, aproveché para preguntarle a don Fermín, que, qué era el
chorrote ese y el arifuque: ¡Mi buen amigo! se dice chorote no chorrote,
y es cacao negro tostado y sancochado con papelón o azúcar a veces, se toma
cerrero como lo hacían los ancestros kuikas todas las tardes, y el a-ri-fu-que
-inquirí- bueno, –continuó contestando el don- este es un licor que se prepara
con maíz tierno y después se tuesta; es costumbre en algunos lugares,
compartirlos en los velorios y en celebraciones en general. Así fue pasando el
día y parte de la noche, entre rezos, lloros, lamentos, risas, cuentos,
sancocho, carabina, chorote y arifuque; por cierto, la carabina –según el don-
es una especie de bollo de harina de maíz pero en vez de carne, tiene
caraotas y a veces lleva chirel.
Una joven muy atractiva
se acerca hasta donde estamos mira a don Fermín y le dice:
Mamá me manda a pedirle
un favor señor Fermín y no sabemos si usted puede ¡Cómo no voy a poder! lo que
no se puede se pregunta, ¿no es así? ¡Mi buen amigo! –me mira sonriendo el don
y afirmo tímidamente con el rostro- ¿Para qué soy bueno? -añade- es que ella está
muy atareada atendiendo a la gente -justifica la joven- Yo entiendo luisita,
dígame qué pasa-insiste el don- La joven titubea por momentos y le dice: usted
sabe que papá parece que no va aguantar hasta mañana en la tarde, porque se está
poniendo muy hinchado y morado además, el fuerte olor se empieza a percibir en
la sala y todos estamos nerviosos, ya casi ni cabe en la urna, mamá dice
que usted es un hombre sabio y tiene experiencia en eso de preparar cadáveres a
ver si nos puede ayudar; don Fermín se queda meditando por unos instantes y
dice: No se preocupe deme media hora para ir a buscar unos corotos, mi familia
se lo agradece señor -exclama la joven- no se me adelante Luisita –responde rápidamente-
primero déjeme revisar a ver qué se hace, recuerde que ya se metieron con él.
Don Fermín sale rápido con
rumbo desconocido y al mismo tiempo me dice con voz enérgica: Espéreme, mi buen
amigo
Pensé en segundos que
quizás si me hubiese ido más temprano no estaría metido en este enredo. La
amable joven me ofrece café que gustosamente acepté, eran las doce y cuarto
pasada la media noche, hacía bastante frió; ya había pasado casi una hora desde
la salida de don Fermín, de pronto, aparece con un viejo maletín deforme
y algo abultado, se acerca y me dice: ¡Mi buen amigo! necesito un ayudante, debó
confesar que lo miré con desconfianza e inmediatamente le dije que de eso, no
sabía nada, ¡no importa! me dice, aprende como yo, ¡se arriesga sí o no! –Solo
pensé positivamente- está bien don Fermín dígame qué hacer -añadí-.
La habitación
estaba despejada, inmediatamente se pudo percibir un fuerte olor indescriptible
que parecía estar estacionado en la sala a pesar de los dos grandes
ventiladores que inútilmente aireaban el ambiente, el amigo me ofrece chimó ¡coma!
-me dice en tono burlón- para que apacigüe el perfume, fue la primera vez
que tuve que probarlo bajo esas circunstancias, no obstante me sobrepuse respiré
y me dedique a observar:
el don abre aquel
abultado maletín y saca: dos tijeras, una recta y otra curva, un bisturí,
pinzas, diversos tipos de sondas, agujas, hilos, material de relleno, dos
botellas de formol, bolsas plásticas, tapabocas y dos pares de guantes que en
principio nos pusimos, luego dice unas palabras que me petrificaron: ¡Abramos la
urna!
Aquel mórbido cuerpo aparentaba
haber sido metido a la fuerza dentro de aquella diminuta urna, allí mismo -sin
sacarlo- se le hizo la limpieza. Al señor Pedro –arguye don Fermín- no lo trataron
con cuidado, por eso está como está, yo no puedo hacer milagros, mis
conocimientos y utensilios son básicos, voy a tratar de que nos dure hasta
mañana al mediodía si acaso! ¡téngame aquí! –me dice para que le sujete la espalda
al muerto mientras él le levanta la cabeza buscando la carótida y así intentar
drenar el líquido para posteriormente echarle formaldehído y relleno en las
demás aberturas- Esto -resalta don Fermín- también lo aprendí ¡mi buen amigo! en
la hacienda Barroso, en aquella soledad me tocó lidiar con varios incidentes,
incluyendo animales muy queridos por los patronos, pero la verdadera prueba fue
los casos que como este he atendido en Comuñere, en estos pueblos tenemos
que estar preparados para todo. -esto lo dice mientras culmina el retoque de su
amigo don Pedro-
¡Bueno amigo! –Empieza
diciendo don Fermín mirando al difunto- hice lo que pude y que dios y la virgen
te cuiden ahora; seguidamente cerramos la urna y nos trasladamos al patio.
Después de tamaña
responsabilidad e impresión opté por despedirme de mi amigo don Fermín y de la
viuda que estaba muy agradecida hasta conmigo que prácticamente no hice nada.
Salí del pueblo de Comuñere con ganas de volver pero sin ánimo de fungir de
ayudante mortuorio de nuevo.
El Cazador de botijas
No existe un pueblo de Trujillo ni de Venezuela para no ir más lejos, donde no hayan hecho volar la imaginación de sus habitantes aquellas leyendas de tesoros ocultos que algunas veces se volvieron realidad y no precisamente por la clínica del rumor sino por protagonistas reales que aventurándose y tomando riesgos siguieron pistas que hasta a algunos les cambio la vida. Esta historia trata sobre las llamadas botijas o entierros, leyendas comunes en los parajes andinos.
La casa de habitación de don Fermín está inmersa en remembranzas imposibles de eludir, no tratar de esbozar algunas sería una falta imperdonable. Al visitante desprevenido lo reciben dos viejos fusiles máuseres (modelo 1893, de 7x57mm) incrustados en el canto rodado en forma de cruz y arriba de la puerta principal. Al entrar a la gran sala de aprox. cinco metros de altura se observa a simple vista la caña brava fuertemente entrelazada en el techo. Protagonizando con su presencia una señora como de ochenta y tantos años al parecer, muy atareada que limpia meticulosamente unas fotos antiguas de familiares, dispersadas a lo largo de un viejo mesón de pardillo, que hace juego con los muebles; resaltando dos reproducciones de tamaño postal (10 x 15cm) donde aparecen: don Fermín en una silla de madera finamente tallada y su esposa parada detrás, en otra; aparecen cuatro niñitos sentados en el piso, colocados intencionalmente en orden descendiente, de derecha a izquierda; con los piecitos cruzados y sus manos encima de estos. La señora notando mi presencia interrumpe su labor
- ¡A la orden!
Muy buenos días señora Enriqueta -intuí que era la dueña de la casa- la doña arrugando el entrecejo pregunta:
- ¿De dónde lo conozco, joven?
Disculpe –dije inmediatamente- soy amigo de su esposo, la doña me observa incrédula
- ¡Con eso no me decís nada!
-
- Tantos amigos que tiene Juan
-
- ¡ni que fuera adivina! -arguye-
La dama sosteniendo un trapo enrollado en una de las fotos del mueble me mira de abajo hacia arriba y dice: Usted por casualidad no será el joven de la ciudad del que tanto habla Juan
- ¡El mismo que viste y calza doña! -me apresuro a decir sorprendido-
-
- ¿Cómo siguió?-inmediatamente le pregunté-
La doña suspirando profundamente dice: Pues bien mijo, bien, si no fuera por ese viejo que tanto buscan en este pueblo, sus atenciones, su cariño y remedios, no le estaría echando el cuento
- ¿Por casualidad no estará?
-
- ¡No sé! -exclama la doña-
Esta mañana después de darle el guarapete lo vi en su silla jurungando unos peroles -argumenta la doña- pero como ese señor es tan inquieto no le sé dar razón, de todas maneras vamos a ver si todavía está allá -termina diciendo-.
Después de la sala se consigue un corredor a medio terminar que separa la cocina y los baños de la casa principal, dicho pasaje está lleno de tallas de madera de diferentes tamaños y formas además de medallas y diplomas, al final del corredor nos topamos con muchas gallinas:
¡Chó! ¡Chó! Les grita doña Enriqueta apartándolas a su vez con las manos.
Al seguir un camino paralelo a un pequeño conuco lleno de pumagasas (pomarrosa) que finaliza en un altísimo chaguaramo pudimos divisar bajo una frondosa manga como de veintitantos metros de altura a don Fermín, con las piernas estiradas y cruzadas, mirando como suele hacer las ramas del árbol e inmerso en sus pensamientos, a su lado se nota el famoso y deteriorado maletín aparte de otros objetos dispersados a lo largo del piso.
Al llegar, el don saluda como acostumbra y me invita a tomar asiento, al mismo tiempo que la dueña de la casa nos deja para buscar más guarapete –según dice- y seguir en sus labores cotidianas, después de conversar sobre cuestiones familiares y otras cosas menos importantes; de improviso el don se quita el sombrero lo apoya en una pierna y dice con cierto recelo
- ¡Mi buen amigo! lo que le pienso confiar guárdelo como si fuera suyo, como será que ni Enriqueta lo sabe –arguye-
Lo miro a los ojos y le digo: Por mí no se preocupe don Fermín, de todas maneras gracias por la confianza pero…
- ¿Por qué tanto misterio? -agrego-
-
- Porque ¡lo vale! ¡Mi buen amigo! ¡Lo vale! -responde pensativo-
Después de una breve pausa pregunta consternado:
- ¿Se acuerda del velorio?
-
- Como no me voy acordar señor, eso no me pasa muy seguido -comento –
En segundos siento la necesidad de insistir en el diálogo pero decido hacer silencio y, masajeándose la barbilla el astuto viejo, mira hacia abajo y dice: ¡Mi buen amigo! Antes de la mala noticia de la muerte del compa Pedro había quedado pendiente una reunión en la bodega de Juancito Losada lamentablemente, sucedieron varias cosas a la vez que me ponen a pensar -termina diciendo-.
- ¿Y para qué era esa reunión tan importante, si se puede saber don Fermín? -pregunto-
Voy a comenzar por el principio como dicen, aunque sea lo mismo. Mi taita en mis primeros años me contaba historias heredadas de generaciones de las llamadas guazábaras (1), que fueron guerras que duraron muchos años y se iniciaron con la invasión del extranjero a estas tierras de los coycas. Don Fermín detiene por momentos su narración y reflexiona:
¡Mi buen amigo! entre los enfrentamientos y las enfermedades que padecieron los ancestros como la viruela entre otras, hubo muchos muertos, casi cercana a la extinción tuvo la población ¡Claro! no sin antes oponer resistencia, defendiendo su tierra y creencias. Pero fue un enfrentamiento desigual y a favor del invasor –argumenta- por aquí tengo casualmente un papel -que extrae de su famoso maletín- donde un cronistas de indias y cura que vivió por esa época narra una parte de las desventajas que tenían los naturales frente al invasor y que a pesar de todo los enfrentaron con valor –al terminar, comienza a leerlo sin detenerse-
“El indio, la macana levantada,
Sin muestra de temores los espera,
Rebatiendo cualquiera cuchillada
Librada por la gente forastera;
Mas uno dellos con una estocada
Las tripas al gandul echo de fuera,
El cual con una mano la metía,
Y con la otra, de tres se defendía.”
Juan de Castellanos (1522-1607) “Elegía del dorado”-fragmento-
Pues ¡mi buen amigo! el que escribió esto -añade rápidamente- tuvo en parte razón pero cuando dice: “Las tripas al gandul echo de fuera” ¡hay si se pelo! -dice emocionado- porque por todos es conocido que mis ancestros de perezosos -gandul- no tenían ni un pelo ¡Pero bueno! sigamos: En una de esas hazañas a favor de los indígenas -según cuenta mi taita- los indios en un tremendo aguacero(2) emboscaron a unos conquistadores en un camino que atraviesa esta región de Comuñere, siendo doblegados y muertos bajo sus macanas (3), hondas (4) y dardos envenenados, nunca se supo de los forasteros ni de su carga. Con el tiempo surgió esta leyenda que me contó mi taita.
- Y a qué viene todo esto don –interrumpí confundido-
-
- ¡Estate quieto y dejá el agite que no he terminado! -dice refunfuñando el señor antes de continuar-
Hace como mes y medio me contó el finado Pedro que el tuñeco le llegó a su casa todo sucio y golpeado, el compa me cuenta arrepentido que de la rabia lo agarró y sin preguntarle le dio una pela y este le dijo todo jipato que había cogido pàl monte a cazar, y que corriendo a un chigüire por un camino donde al final se unen dos montañas, como a 4 kilómetros de aquí y cerquita de ¡aqueel peladero! –Señala con la mano izquierda hacia el sur de donde estamos –
- Se fijó -dice-
-
- Si don Fermín el que está entre aquellas montañas -respondo-
-
- ¡Hay mismo es! –Añade con certeza–
Bueno, como le estaba diciendo, el muchacho cuenta que cayó de platanazo sobre unas piedras de río medio tapadas por unas matas de picapica -Urtica dioica- que estaban acomodadas en forma triangular. Como el finado pedro me conocía muy bien, me echó todo el cuento y quedamos en vernos para ponernos de acuerdo. Eso es todo ¡mi buen amigo! -concluye diciendo-. Por eso, estoy preparando estos macundales. Pues, don Fermín –interrumpo- ya que usted me dio su confianza y no cuenta con la compañía del finado, lo menos que puedo hacer es acompañarlo –deduzco- ¡Claro! No faltaba más, además usted con lo del velorio resultó ser un buen ayudante, bueno ¡mi buen amigo! concentrémonos en el asunto y pongámonos a trabajar -termina diciendo-
- Dígame qué hacer –pregunto-
Lo primero es ordenar lo que vamos a llevar, y dejar lo que no nos haga falta -comienza diciendo mientras señala unos peroles regados en el piso para luego sacar una lista de objetos que comienza a nombrar en voz alta: Machetes, linternas, hilo pabilo, pimpina, pico, mandarria, barretón, pala, aguja –especie de detector de agua y metales con forma de cilindro hexagonal terminado en punta de oro, parecida al de la plomada que utilizan en la construcción pero, de madera de mapora o tijò (5), rodeada a su vez por siete hilillos de plata apenas perceptibles; en la parte superior tiene un aro sujetado por un cordón hecho con finas hebras tejidas cuidadosamente con cañabrava (Arundo donax)- y dos sacos adicionales por si acaso -según comenta-. Todas estas cosas se guardaron en el maletín y en un saco, dependiendo del tamaño y peso de los objetos, al terminar don Fermín dice
- Nos vamos pàl monte después de medianoche ya que tengo un pálpito por dónde comenzar sí acaso encontramos algo; no sería la primera vez que me llevo un chasco con estos entierros -culmina diciendo-
- ¿Por qué a la medianoche don Fermín? -pregunto extrañado-
Porque a esa hora -dice irónico- lo que vamos a conseguir son borococos, sapos y culebras y no, a los vivitos que quieren agarrar mango bajito conmigo
- ¡Epa! –Reacciona de pronto el señor-
-
- ¡Mi buen amigo! no me diga que esta jipato
-
- ¡No don! -respondo rápido- no se preocupe por mí que yo lo sigo hasta donde pueda
- ¡Hùpa pues entonces! Póngase serio –completa diciendo-.
Salimos a la hora estipulada don Fermín con su maletín y su escopeta rémington (m870 calibre 12) sobre el hombro derecho y fajado en la cintura sobre el lado izquierdo, lleva la pico è loro yo, entretanto, cargando el pesado saco
- ¡Todavía no prenda la linterna! –dice cauteloso el señor-
Y así en tinieblas, nos adentramos por un sendero lleno de parcelas ya conocido por el señor de las historias, el frío hace rechinar los dientes, los grillos con su continuo ¡Tiyyiyyi! ensordece, caminamos lento, calculo escasos 200 metros cada 5 minutos, por momentos topamos con charcos de barro llenos de molestos e inevitables jejenes, en esta situación llevamos como una hora o más hasta que, una pared de monte que no está cercada, como de dos metros nos detiene, don Fermín me dice: ¡mi buen amigo! pele por los machetes y la linterna porque aquí comienza lo bueno, y empezamos a cortar el monte entre pringamosas (Picapica) y cadillos( Urena Sinuata) de los que se pegan en la ropa; mientras abrimos camino don Fermín cuenta que esas plantas urticantes son medicinales. Continuamos el recorrido por espacio de veinte minutos hasta que llegamos a un claro arrasado por las brasas. El viejo sabio, machete en mano mira al firmamento y señala hacia la osa menor y su estrella polar, luego gira hacia la izquierda ubicando el oeste del terreno y dice señalando con el arma blanca: ¡Mi buen amigo! hemos caminado casi cuatro kilómetros, siempre hacia el sur desde mi casa por tanto, hacia allá debe ser el asunto –despistado afirmo con el rostro en silencio-. Proseguimos siempre en línea recta por un camino que se acerca cada vez más a las montañas que colindan, casi al final de estas se encuentra una especie de pequeño montículo como de 30 centímetros de altura -rodeado por enredaderas de espinas enlazadas a piedras cuyas raíces imitan alambres enterrados en el suelo- ubicado como a trescientos metros del sitio devastado. Después de cortarle las raíces con golpes de machete, sacamos la mandarria y con fuertes porrazos nos turnamos
-¡hùpa! déle pues, no afloje mi buen amigo –grita el don de vez en cuando para darnos ánimo-.
Las astillas brincan como balas por doquier con cada golpe de mazo, golpeándonos la cara sin embargo, insistimos hasta que logramos sacarlas todas. Un suelo pedregoso aparece y a punta de pala y barretón abrimos un agujero como de dos metros y medio sin encontrar nada; de repente don Fermín me detiene, dándome un golpe en el pecho y dice: ¡Mi buen amigo! en esta vaina no hay nada. Aquí -añado- lo que hay son cigarrones y hormigas jira jaras de las buenas –lo digo rápidamente mientras me las sacudo- Entretanto el sabio viejo de Comuñere se queda pensando -con una mano sobre su sombrero y la otra apoyada en la cintura- mirando alrededor del montículo, de repente, reacciona agarrando el saco y dice
- ¡Mi buen amigo alúmbreme aquí!
Y procede a sacar del maletín el hilo y la aguja
- ¡Téngame la punta de este hilo! –completa diciendo-
Enseguida comienza a contar veinte pasos, partiendo del montículo y haciendo una especie de círculo a partir de esa distancia, espacio que va marcando con piedras, seguidamente coloca la aguja frente de él: Estirando el brazo izquierdo y soltando el cordón, quedando la punta del hexágono perfectamente en ángulo recto con respecto al suelo, luego de esto recorre por dentro el círculo de piedras que había trazado, al mismo tiempo que el objeto realiza movimientos al azar: de atrás hacia delante y de izquierda a derecha, señalándole la dirección hacia dónde ir. Así estuvo como veinte minutos, paso a paso, adelantando y retrocediendo, de izquierda a derecha a veces, hasta recorriendo sus mismos pasos de pronto, el péndulo comienza a girar bruscamente, realizando círculos cada vez más grandes, don Fermín se apresura a decir emocionado
¡Mi buen amigo! aquí como que hay algo
El sitio está ubicado como a quince pasos del montículo, siguiendo la misma dirección del camino por donde entramos, allí mismo comenzamos a cavar. El terreno es igualmente pedregoso y varias veces utilizamos el barretón sin lograr nada; cansado y con ganas de regresar tiro con fuerza el barretón a metro y medio de profundidad, escuchándose un sonido seco, parecido al que hacen las piedra pesadas cuando se desploman al piso -miro sorprendido a don Fermín- este me hace señas con las manos de que siga, y retirando unas piedras aparecen unos tablones de madera, mohosos, casi desechos y llenos de ponzoñosas hormigas; debajo de todo se encuentran los que parecen ser arcabuces -según don Fermín- de los que se usaron en la época de la venida de los conquistadores, a un lado de estos aparecen trozos de cascos, escudos, pedazos de armadura; todos hechos de metal (posiblemente laminillas de acero), con la excepción de dos deteriorados escudos de cuero con una curiosa forma de corazón y una armadura a medio cuerpo que parece proteger desde el cuello hasta poco más debajo de la cintura. No encontramos monedas, ni barras de oro como imaginamos, solo armas inservibles que nos mostraban lo cruel, inhumana y desventajosa que pueden ser las guerras o ambiciones de países que se creen más grandes y avanzados que otros.
Don Fermín decidió en segundos donarlo todo al museo de la ciudad, no quiso conservar nada porque según dijo, le traían tristes recuerdos de sus ancestros y me encargó que los llevara. Así termina esta historia que puede tener algo de verdad.
1.- Peleas o combates entre indios y conquistadores
2.-Aprovechaban las lluvias para evitar los arcabuces, a los cuales se les mojaba la pólvora.
3.- Especie de hacha pesada, hecha de palma, como de cuatro dedos de ancho, utilizada a dos manos.
4.- Especie de caucheras hechas de fibras de la planta de cocuiza, que utilizaban tirando piedras encendidas que buscaban en betitshnopa -donde la candela-
5.- Madera con que construían los kuikas los arcos, macanas y flechas
Tras la huella de la Diosa Icaque
La mejor de las leyendas quizás sea la que permanece en el tiempo incólume en la memoria de quienes las heredaron, como el rocío en la mañana, la llovizna en la gruta o el recuerdo de un ser querido. En cada camino, esquina, callejón o casa, siempre lista como boy scout, aguardando a propios y extraños.
A mi madre, Ilba María Viloria Matheus(+)
Hojeando un viejo periódico encuentro una escueta reseña a una deidad venerada por los coycas curiosamente, cerca del lugar de nacimiento de don Fermín, dicho esbozo fue tomado -según se puede ver en la parte inferior derecha del artículo- de citas textuales de un autor que me parece familiar. Por lo interesante del tema recorto esa parte para compartirla con el señor de las historias.
Encuentro a don Fermín limpiando una pistola (Colt 1911 C.45) en la sala de su casa. La doña al momento visita unas amigas, ni siquiera pude tocar la puerta ya que el sigiloso señor me sorprende anticipándose
- ¡Mi buen amigo! –dice sin saludar-
Usted debería mudarse para este pueblo y dejar esa viajadera que tiene –dice sonriendo mientras limpia el arma-
- ¿Qué lo trae de nuevo por aquí?
-
- ¡Buenos días don! ¿No estará muy ocupado hoy? –pregunto dudando-
-
- ¡No mijo! ya estoy terminando.
Y, colocando la pistola cuidadosamente dentro de un estuche de fino cuero dice
¿Qué se le ofrece?, ¡eche pà fuera! -agrega enérgico al sacar la pella-.
Pues aquí le traigo un recorte de prensa don, que seguramente le va a gustar. Mire el nombre que aparece aquí abajo –le señalo con el dedo mientras acerco el periódico-.
- ¡Uhmm! -dice afirmando con la cabeza y apretando la boca-
Tras una breve pausa agrega:
- ¡Mi buen amigo!
Este es el cronista de indias Juan de Castellanos, autor de la reseña que le leí en aquella oportunidad poco antes de salir al asunto del entierro (botija).
- ¡Claro don Fermín! Ese es el señor de las llamadas elegías -interrumpo-
-
- Sí, como usted mismo lo afirma, son poemas donde se narra un hecho trágico por lo general -arguye-
-
- Tengo entendido que tomaba nota de algunos sucesos de la época de mis ancestros -agrega-
- ¡Don Fermín! ¿Qué sabe usted de esa deidad que hace referencia el recorte? –pregunto curioso-
¡Mi buen amigo! Usted me alegra el día porque da la casualidad que tengo años investigando sobre ese asunto que tiene mucha tela que cortar y del que la gente ya ni se acuerda. No solo guardo celosamente los relatos de mi taita -agrega emocionado- si no también algunas pistas que he recopilado a través de los años. Este tema es muy importante para mí, y aunque usted no lo crea llevo un orden de los lugares donde pudo haber estado dicha deidad –al decir esto busca nerviosamente el viejo maletín de donde extrae un librito de anotaciones-
- ¡Mire mi buen amigo! Aquí, deduzco que comienza el recorrido…
No partimos este día porque a don Fermín le faltan unos datos muy importantes que son claves para el viaje –según comenta- y se decide que lo mejor es salir al día siguiente. Entretanto retorno a la ciudad buscando lo que haga falta.
Nunca pensé que aquel insignificante papel iba a producir tamaña reacción en el señor de las historias, que aún emocionado y listo para la aventura saca cuentas mentalmente de lo que tenemos que llevar y hacer en el trayecto; y donde tengo el honor de acompañarlo y fungir de ayudante una vez más.
- ¡Mi buen amigo! debemos planificar el viaje, esta vez nos vamos a caballo ¡Epa Leopoldo! ¡Fuiiiifuiuiii! –Chifla el don al vecino-
-
- Ganate unos cobres -le grita- buscame los caballos en el terreno y me los ensillas.
- Pero ¡don Fermín! -interrumpo-
-
- ¿Por qué no vamos en carro?
No es lo mismo mi buen amigo, debemos recorrer los posibles senderos antiguos o al menos, pasar cerca de estos y la única manera es a galope lento por lo escabroso y alejado del camino, son casi quince kilómetros o más desde aquí -argumenta diciendo-
Usted como que no sabe montar ¡mi buen amigo! -dice curioso el don-
Algo me defiendo –respondo rápidamente-
En el camino le adelanto algo -sugiere el señor, señalándome con el dedo índice y mirando de frente-
- ¡Me adelanta algo! ¿Qué será don Fermín? -pregunto extrañado-
-
- Usted vino por información y es lo que le voy a dar, con todo y paseo para que no le queden dudas -contesta el señor-.
Es bueno que usted sepa con anticipación algo de lo que aconteció en aquel tiempo, para que tenga una idea de lo que significa este recorrido y de paso me eche la ayudita cuando haga falta
- ¡Eso Si! No nos hagamos falsas ilusiones -termina diciendo el sabio de Comuñere haciendo un gesto con las manos abiertas y las palmas hacia arriba-.
-
- Monte usted a Ventarrón ¡Mi buen amigo! que yo me quedo con mi fiel Pasote -dice don Fermín-.
-
- ¡Pero! don Fermín, ventarrón no será como muy rápido -digo temeroso-
- es todo lo contrario mi buen amigo –responde calmado- Ventarrón es noble, no se preocupe ¡Arréele pues! ¡Eso sí! agarre duro ese animal! -dice enérgico-.
Salimos del pueblo de Comuñere muy temprano en la mañana de un doce de Octubre; remontando un camino difícil sobre todo para un jinete inexperto. Don Fermín, presto a la aventura comienza a narrar los hechos que me ha prometido:
¡Mi buen amigo! Esta historia que me sé de memoria la puede revisar en los libros que tengo en mi casa o en cualquier otro que consiga en la ciudad, si es su gusto a menos ¡Claro! cuando le comente los testimonios que heredé de mi Taita -aclara el don-. Hace mucho tiempo, estas tierras de los coycas eran ricas en algodón, maíz, papa, tabaco, yuca entre otros productos, tanto así, que se comerciaba con los vecinos. Esto le dio cierto prestigio a los habitantes originarios que adelantó lo inminente: La invasión del extranjero que buscaba fama y fortuna. Fueron varios los intentos de colonización y saqueos, pero hay uno ¡mi buen amigo! hay uno que es el que nos atañe ahora -dice esto mientras detiene por momentos al caballo-
Un día como hoy -continúa- pero de 1548 ò 49, treinta hombres, unos veinte a caballo y 10 a pie fuertemente armados, entraron como tanques blindados por este territorio, al mando de un contador real y maestre de campo de nombre Diego Ruiz de Vallejo, enviado con la intención de averiguar si era cierto el rumor de que estas tierras eran ricas en minas de oro. Don Fermín queda pensativo y reacciona
- ¡Y lo eran! Pero en productos que fueron fruto de su trabajo. Sabe mi buen amigo ¿Qué choza fue la que descubrieron o mejor dicho saquearon y que además confundieron con una mina? -pregunta de repente-
-
- No tengo la más mínima idea don –contesto incrédulo-
Pues nada más y nada menos que el santuario, que por cierto estaba dividido en tres partes
- ¿Cómo es que lo llamaba el cronista? -se pregunta rascándose la barbilla mientras intenta recordar- “¡Casa de tres naves espaciosa!” (Tomo. I. Elegia III Pág.349) -alega de pronto-
Donde adoraban los naturales a la diosa Ikaque. Este despojo -continúa el don- que hace el invasor, no lo cuenta en su informe ¡Ni de vaina!
Por lo menos en lo que pudo leer su servidor –aclara-, solo hacen referencia a una tierra fértil en frutas y algodón que encontraron los angelitos esos –termina con ironía mientras cruzábamos una quebrada-.
Luego del riachuelo la enfilamos por un camino que nos dirige hacia la región cuna del señor de las historias. El don suspirando visiblemente cansado comenta:
Nos toca un trecho largo e intrincado ¡Mi buen amigo! Aunque sea lo último que haga ¿Cómo se hace? son los años que no pasan en vano ¡Contra este mal, no hay cura que valga! Pero con su ayuda estoy seguro que llevaremos a feliz término lo que planeamos -afirma con convicción el viejo sabio-. Mientras avanzamos el don -cuaderno en mano- va pensando en el trayecto que señalan los posibles sitios donde llevaron o escondieron a la diosa Ikaque de la ambición de aquellos extranjeros. A mí me parece una quimera, algo igual o más difícil que la búsqueda del dorado pero, de lograrlo sentaremos un buen precedente. De pronto y sin avisar el sabio de Comuñere me sorprende con un chiflido
- ¡Fuiiiifuiuiii! Usted como que se está durmiendo montado -dice sonriendo-
-
- Nada de eso don Fermín lo que estoy es reflexionando sobre lo que usted me dijo –respondo sonriendo-.
Entonces ¡Mi buen amigo! volvamos al tema del saqueo que hicieron en aquel tiempo
Usted sabe que se repartieron entre ellos collares, y pendientes hechos de diferentes clases de piedras entre otras ofrendas; el poco oro que encontraron -continuaba narrando- no era puro, era el llamado oro bajo que estaba mezclado con otro metales, y el valor era de menos de 100 pesos para la época (Tomo I. Elegía III Pág.350). Pero se llevaron un chasco mi buen amigo, al no encontrar la deidad. No les gustaron las cabezas de venado que dejaban como ofrendas los coycas y que guindaban en las paredes de la choza
- ¡No me fuña! Ojalá nosotros tampoco encontremos nada –Dice molesto-
Entonces qué hacemos aquí -pensé- pero en segundos don Fermín aclara lo que ha dicho: Antes que la encuentre un vagamundo de esos, de ahora, ¡hagamos nosotros la diligencia ¡mi buen amigo! no vaya ser que le demos al clavo. Decido llevarme la mano a la nuca entretanto el don termina escupiendo el chimo con fuerza.
Al trote lento entre poblaciones, pequeños caseríos y quebradas que nos vamos encontrando llegamos a una sábana; allí nos apeamos para que descansen, pasten y beban los caballos. Entretanto nosotros aprovechamos para comer. Don Fermín improvisa una fogata alejada lo más del monte con trozos de viejos leños, colocándola en forma de pirámide y agregándole hojas y ramas secas en su interior, una vez hechas las brasas calentamos el sabroso avío preparado por la sazón de dona Enriqueta- arepa de maíz pelao, queso, panela con limón y manjarete). El señor de las historias sumido en sus pensamientos mira la fogata, y cogiendo un bocado, prosigue narrando los hechos:
Sabía ¡mi buen amigo! que en aquella época de la entrada del mencionado Ruiz de Vallejo hasta un trujillano participó en aquella lamentable tragedia para los ancestros -afirma con vehemencia y picardía cruzando los brazos sobre el pecho y haciendo una mueca-
Me sorprende tanto el hecho que interrumpo la comida y me quedo mirando al don, extrañado-
- ¡Discúlpeme don! –Me levanto y cruzo igualmente los brazos- ¡Pero, eso es imposible! –esto lo digo con seguridad alzando un poco la voz- porque todavía en esa fecha no habían erigido ni siquiera por primera vez a la futura ciudad portátil (aprox. entre 1557 y 1558) que por cierto -agrego- la constituyeron muy cerca de donde estamos pero más alto en la montana
- En quibao!!! creo que le dicen algunos historiadores o Sabana de los truenos para otros – interrumpe don Fermín-
-
- ¡Se nota que leyó Mi buen amigo! Usted también tiene razón -continua reflexionando-
Este extranjero no pudo haber nacido aquí en esa época porque sería entonces Escuqueye (Coycas)
- ¿No es cierto? -pregunta enseguida-
-
- Así es don Fermín –digo-
Lo de "El Trujillano” no lo inventé yo ¡Mi buen amigo! con la historia no se juega y usted no me conoce como embustero
- Oh. Sí
-
- De ninguna manera don -respondo con seguridad-
Echémosle la culpa al cronista de indias que hemos venido citando que enumera en sus poemas los nombres de la mayoría de todos ellos (Tomo I Elegía III, Pág.348).
Entonces de dónde sacaría el poeta de indias ese nombre -insisto-
¡Pà mi! que de la ciudad de Trujillo pero La de Extremadura -España- que ya estaba consolidada (Aprox.1430) -termina diciendo-.
Seguidamente recogimos todo y después del guayoyito montamos las bestias y continuamos el trayecto. Al avanzar por un antiguo camino de recuas nos envuelve de repente una espesa neblina que comienza cubriéndolo todo, apenas alcanzamos a ver casi dos metros a la redonda, la niebla por momentos se disipa logrando observar un poblado a la distancia cubierto de nubes. Al despejarse totalmente la bruma llegamos a una altiplanicie situada al sureste de Comuñere llamada -según don Fermín- el Viso. Allí desmontamos, el don sacudiendo el polvo del sombrero dice
- ¡Mi buen amigo! desde aquí -señala el suelo- hasta donde se alcanzan a ver las colinas que bordean aquel poblado que está como a tres kilómetros ¡Pele el ojo! por si ve algo
-
- ¿Cómo qué, don Fermín? –Pregunto confundido-
El viejo después de mirar los alrededores dice: buscamos antiguas construcciones de piedra y barro que antes eran casas con techos de palma, también grutas o señales irregulares en el terreno, no se le olvide tampoco las antiguas terrazas, que se notan porque están escondidas en rocas apiladas en los cerros, o cualquier otra cosa que le parezca ajena a la armonía de la montaña. El canto guerrero cuicas legado de los estudios del sabio Rafael María Urrecheaga -continua reflexionando- nos da una pista de dónde podría estar la diosa que veneraban los naturales aunque, quisiera subir el castillo de la reina (1372 mts.) también, porque mi taita lo nombraba mucho -completa diciendo-.
A trote lento atravesamos el sendero sin rastro de lo que buscamos y al mismo paso llegamos al sitio de nubes. Arribando a la ciudad don Fermín detiene el caballo, se apea -yo hice lo mismo- y sacando la libreta del nombrado maletín comienza a hojearla minuciosamente, luego de varios minutos se decide por uno de los cerros que rodean aquel poblado
- ¡Vamos hacia el garapao! (1887 mts.) –dice emocionado y sin signos de cansancio-
Al acercarnos, el don apreta las rodillas contra el nervioso caballo, sujetando con firmeza la rienda al grito de
¡So, So, Pasote!
Mientras señala hacia un afluente diciendo: ¡Mi buen amigo! tenemos que seguir la cabellera de la diosa Ikaque que es como le decían en tiempos de mis taitas a las cascadas, pero vamos en sentido contrario hasta llegar a una cueva -termina diciendo-.
A veces –reflexiono- las moles de roca le obstruyen el paso al rojo riachuelo, dejando escapar apenas hilillos hechos espuma y vueltos ocres
- ¡Epa don! usted como que ya estuvo por aquí –le pregunto-
-
- Eso es para que usted se fije los datos que llevo encima -dice sonriendo, mientras muestra orgulloso el librito-
Al avanzar paralelos a una quebrada hay trechos que remontamos a pie a veces; entramos por zonas de lloviznas habitadas por veloces aves (Hirundo rustica) de pico corto, negruzcas, fuertes alas, pecho blanco y cola semejante a una tijera; cuyos nidos hechos de barro y yerbas se confunden con el entorno; el mismo, que en el camino de las inquietas aguas, tropieza con grandes rocas, donde se cuelan hilos de helechos sobresaliendo entre las pequeñas cicatrices del tiempo. Comenta don Fermín, que esas aves dieron origen al nombre de la zona por donde cabalgábamos. Entre bucares, cedrillos, ardillas y guacharacas acampamos, para continuar al otro día.
Despierto al ¡Tek, Tok, Tek, Tek! del carpintero. Don Fermín ya se ha levantado y calienta el café
- ¡Buenos días, buen amigo! ¿Cómo amanece?
-
- Más o menos don gracias –respondo, mientras bostezo y me estiro-
-
- Me duele un poco el cuerpo –comento-
-
- Eso es por no estar acostumbrado a estas jornadas -arguye el señor- yo como que tengo un remedio pà eso –piensa mientras jurunguea su famoso maletín- mastíquese esta rama de indio desnudo y pásela con tantico café, a ver si se alivia de esa lavativa –dice con la seguridad de siempre-.
Esta quebrada de color rojizo está teñida porque tiene más arcilla roja que la cantidad de agua que baja, eso es el llamado aluvión -comenta el señor mientras recogemos todo para seguir- Al ir remontando aquel arroyo, el sabio de Comuñere narra lo que observa como un habitante más de esa geografía:
Ve aquella mariposa negra con pintas blancas y amarillas que revolotea en la entrada de aquella cueva
- ¡Claro don! -digo impresionado.
Es una cueva cubierta por un manto de agua que al traspasarlo se pueden observar a pesar de la poca luz, algunas piedras de color verdinegro (Obsidiana).
El don frotándose el mentón prosigue el relato
- Tu indio de las mariposas o de las aguas -al decir esto don Fermín guarda silencio y observa cuidadosamente el vuelo del insecto-
-
- Eso significa: Ih kak kue (Ikaque) ¡mi buen amigo! esas mariposas que siempre están por aquí, son parte de ese tesoro; que estuvo y estará para siempre con los hijos que la aprecien y respeten -termina diciendo el señor de las historias con lágrimas en sus ojos-
La gruta finalmente con su manto de llovizna, esconde el secreto mejor guardado -pienso- En cuanto a esta piedra verde –reacciona el sabio de Comuñere, tocándola - la moldeaban o pulverizaban para teñir huesos y fabricar figuras o prendas (collares). Cada rincón de este lugar es mágico para todo aquel que venga con buenas intenciones -medita el don-.
El ocre de la diosa con su cabellera se adorna con grandes moles de roca, revestidas de clorofila en su orilla. Ikaque está en todas partes y en ninguna a la vez, no la podemos ver, pero allí está:
¡Ih kak kue! ¡Ih kak kue! susurro que se cuela entre las piedras, reflejos del pasado, entre la trascendente libertad de las mariposas y de sus aguas.
Más adelante ya agotados don Fermín comenta: ¡Mi buen amigo! quisiera hacer un último intento, siguiendo hacia el este de esta montaña y confirmar de una vez por todas si mis ancestros llegaron hasta el otro lado con el disco convexo
- ¡El disco convexo! -interrumpo-
- ¿No era una esfera; de dónde sacó eso del disco convexo, don? –Pregunto, dudando-
Esta es una simple idea que tengo ¡mi buen amigo! el cronista citado dice “Que de bulto tenían retractada” a la diosa (Tomo I. Elegia III. Pág.349), y como lo que observaron fue un bulto pues, pàmi que era un disco ovalado
- Pero dejémoslo mejor de ese tamaño -concluye de pronto-
-
- ¡Hùpa pues! amigo ¡arréele! Y deje la preguntadera porque falta mucho trecho –comenta el don-.
Al atravesar cerros y montañas unidos como eslabones en una gran cadena andina, y sin indicio alguno salvo una que otra cueva llena de murciélagos y telarañas; llegamos a una cima, desde donde se puede divisar un amplio y estrecho valle lleno de casas y de bandadas de pájaros: desde pericos, cucaracheros hasta cardenalitos, a dicha región la atraviesa un pequeño río rico en guaudas (Guadua angustifolia) que a medida que bajamos la cuesta – en zig zag- parece volverse más espumoso
- ¡Mi buen amigo! -interviene el don, al acercarnos- a este río le decían los ancestros smomosh o río de la espuma -completa diciendo-
Al llegar al otro lado no nos queda otra más que regresarnos. Pero con una extraña sensación del deber cumplido. La naturaleza esconde muchos secretos que quizás nunca puedan ser revelados, y es mejor que sea así. Para siempre mágica.
Fin
José Gregorio Granadillo Viloria
GUILLERMINA CUEVAS
Antología de mis primeros cuentos
II Parte
Desescultura.Editor
Guillermina Cuevas
Creo que el pueblo de Chirel sin Guillermina estaría incompleto, ella intentaría describir parcialmente aquellas abuelitas “de pura cepa” que ya no están con nosotros y de las que sí acaso quedan pocas, deben estar cansadas de tanto trajinar, aquellas que con puro gesticular se les entendía, sin dejar de mencionar lo tosco de su lenguaje, unas veces mitad inventado por ellas, otras dependiendo de la idiosincrasia de cada pueblo; con todo, y a pesar del pesimismo que embarga al personaje, no deja de poseer también virtudes.
A la abuela de must abas Elba Valecillos de Morales (+)
A la amiga de Chejendé: Doña Emilia Araque (+)
Un día de julio decido ir al pueblo de Chirel (1) a reencontrarme con una familia, una región radicalmente distinta de otras que he visitado, ubicada a ciento veinte kilómetros de donde vivo, con pocos habitantes la mayoría promediando los sesenta y tantos años, rodeado por montañas no muy altas, un caserío olvidado por el tiempo y los gobiernos de turno, casi fantasmal, con algunas casas deshabitadas llenas de murciélagos y recuerdos rondando sus ruinas; en sus pisos de tierra se pueden ver alacranes muertos que se han desprendido del techo pero a pesar de esta deplorable condición –no me explico por qué- conserva una clase de magia que conforta al recién llegado. A las familias poco se les ve caminar por las dos únicas calles salvo uno que otro niño correteando de vez en cuando, nada fuera de lo normal parece suceder en el caserío. A lo lejos diviso un aviso de lo que parece ser el único bar, al entrar noto que un fuerte olor a madera y chimó invade el ambiente, el lugar es pequeño además de tener un entorno lúgubre que afianza el chillido del ventilador de techo, un aparato apenas sujetado por dos de los cuatro tornillos que generalmente usan. Destacando cuatro mesas que muestran cierto deterioro propio del tiempo y el descuido. Al final del salón un tronco figura de mostrador con seis banquetas que en realidad son armatostes de máquinas de coser; detrás se encuentra un polvoriento aparador carcomido por jejenes, lleno de telarañas, scotch vacíos y cervezas antiguas de la Zulia y Polar. Un caparazón de tortuga altera la extraña armonía de la vieja repisa, ubicado encima de un antiguo refrigerador que a duras penas funciona. Tras el mostrador se encuentra una señora un poco demacrada, de baja estatura, pelo corto y verruga en la frente. Por un aviso que resalta encima del mostrador asumo que su nombre sea el de Guillermina Cuevas. He debido causar muy buena impresión porque al darme la bienvenida rápidamente coloca una cerveza, tan blanca como la nieve en el mostrador, a la vez que me abruma con su conversación por cierto, con un acento muy arraigado.
- ¿Qué hacéis por aquí? -pregunta la doña-
-
- Eso sí es raro que a uno lo visiten en este pueblo, a menos que sea purita casualida (casualidad) aquí, el único recreo es el que da Guillermina Cuevas -al decir esto señala el aviso con su nombre y me mira con picardía pestañeando varias veces-.
-
- Y si es que vienen a montar negocio, pues no se da, porque negocio que se monta negocio que quiebra, la gente no quiere a este pueblo ¡por eso será! más bien prefieren largarse a la ciudá (ciudad) y gastarse las cuatro lochas para soñar despierto, pero decime
-
- ¿De onde (dónde) venís vos? –insiste la doña-
Sin darme oportunidad de responder la primera pregunta digo apresurado
Gracias por la cerveza señora, hace mucho calor por acá y bien fría es como me gusta, vengo de la ciudad y quise pasar por este pueblo a devolver un favor, una vez me accidenté cerca de aquí y una generosa familia de apellido Márquez me auxilió y me invitó a su casa, como estaba apurado solo acepté café pero insistieron tanto con la comida que prometí volver y aquí estoy, pero voy de pasada no se preocupe además, como jubilado que soy no busco oficio alguno salvo ocio. Al parecer a la doña le es indiferente el relato y sin mediar palabra agarra un trapo mira mi cerveza por si esta vacía y se dedica a limpiar.
Inmediatamente observo que cerca del baño está una vieja rockola, me acerco y detallo una serie de discos de cuarenta y cinco y treinta y tres en mal estado, entre los que se pueden notar a Daniel Santos, los Terrícolas, el famoso vals conticinio de Laudelino Mejías, el Catire Duran y otros. Aprovechando el tiempo que le toma a la señora hacer su oficio me dirijo al higiénico siguiendo la seña que me da y por poco caigo al piso al meter accidentalmente el zapato en un hueco, como puedo me libero y reanudo mi destino: me consigo con una angosta habitación desatendida que rocía al visitante con una fragancia cercana al amoniaco, así, cada vez que la necesidad lo amerita se concreta rápidamente conteniendo lo más, la respiración.
El tiempo pasa y algunos parroquianos se han ido acercando al bar, entre ellos un señor portando un bastón, trigueño y de largos bigotes que al parecer es muy popular, noto que entre tanto brindis decide sentarse en la barra cerca de donde estoy, Guillermina nota la situación y a propósito disimula ante el recién llegado para rápidamente reaccionar
- ¡Diablo! –comienza diciendo alzando la voz- (2) pájaro de mar por tierra, no es que te habíais ido juera (fuera) de aquí Arturo...
- ¿Y ese palo? –Le grita la señora-
-
- Ja ja ja, así es Guiller, pero ya me tenéis aquí de nuevo, la vida es muy jodía por la ciudad, desde que llegué empecé a llevar vainas
El amigo de Guillermina Cuevas comienza a narrar parte de su aventura como si no existieran más personas, esta situación permite que curiosos se vayan acercando
- Primero fue la familia ¿Te acordáis que te dije de una prima hermana que tenía allá? –comienza diciendo-
-
- ¡Claro! La tal Alicia –completaría diciendo la señora-
-
- Si, esa misma –responde Arturo-
Pues no vive sola como yo pensaba, la caraja tiene un arrejunte aparte de dos hijos de seis y siete años tenidos de otro hombre, allá gasté Guiller parte del dinerito que llevaba ahorrado mientras conseguía trabajo, me partía el corazón ver aquellas criaturas pasar hambre, además de la soledad que los acompañaba, la madre salía con su arrejunte y los dejaba solos todo el día, y esto lo hacía sin el menor remordimiento, aquellas criaturas no cerraban la jeta cuando la mamá se iba, porque sabían lo que les esperaba hasta entrada la noche; varias veces fui testigo de las borracheras que traían y las pelas que les daban los muérganos a aquellas pobres criaturas. Ese fue mi recibimiento Guiller los primeros días pero poco a poco me fui adaptando hasta que conseguí un trabajito de carpintero en una construcción cerca de allí, que hasta me sirvió de techo (residencia); era un edificio de seis pisos y necesitaban de un albañil que les hiciera los encofrados para las bases principales, y allí estaba yo
- ¡Vos sabéis que de eso, sí sé!
El señor hace una pausa, me mira amistosamente y dice
- Yo prefiero este pueblo más que cualquier gran ciudad ¡Se le saluda señor!
-
- Gracias -digo-
Guillermina atenta al relato sirve rápidamente unos tragos, al mismo tiempo que lo conmina a continuar porque dizque está muy bueno el chisme:
La segunda vaina -continúa el señor- me la llevé en el trabajo hace un año, y es la causa que me obliga a volver y a estar aquí echándote el cuento, pienso pedir un crédito y sembrar en mi conuco será, un condenado andamio medio suelto hizo que me tropezara en el primer piso y cayera largo a largo al pavimento, de milagro te estoy contando; menos mal que no fue en el tercer piso el tropezón, que era donde me dirigía a buscar mis herramientas, por desgracia caí apoyando la pierna derecha, fracturándome la rótula y la clavícula, por eso el bastón Guiller
- Úselo de por vida fue lo que me dijo el doctor –al decir esto el señor queda pensativo-
Pero bueno, dejemos de hablar de cosas desagradables –reacciona-
- ¿Vos como estáis Guiller? se te ve un poco decaída ¿No?
-
- Los años mijo, son los años vos qué creéis
-
- ¿Y cómo está la vaina por aquí?
-
- Aquí vos sabéis que siempre es la misma miasma (lo mismo), solamente el señor aquí presente tiene algo nuevo dizque enamorao de este feo pueblo –la doña me señala haciendo un gesto con la boca-
-
- ja ja ja enamorado no doña, curioso y agradecido serían las palabras adecuadas
-
- ¡Gueno (bueno) como sea! –contesta de mala gana la doña-
La verda (verdad) es que aquí como le dije, de vaina se dan piñas y las que salen son chirriquiticas y seecas de paso, la tierra ya no es como la de antes porque la descuidaron, si no juera por la fábrica de miche que tenemos, este juera un pueblo fantasma
- ¡Bueno! yo sigo mi camino –interrumpo-
-
- Qué, ya se larga tan temprano, ahora que la cosa se está poniendo guena, y tan poquitas cervezas que te has jartao -replica molesta-
-
- Sí doña pero le prometo que vuelvo, aunque sea para fiar unas –digo sonriendo-
-
- Dejate vainas, si venís trae bastantes cobritos porque fiao se murió
Hasta la próxima entonces doña Guillermina, voy a visitar un rato a la familia Márquez se acuerda, la que me auxilió
- Ujumm –hace una mueca de indiferencia la doña- esos son unos burguesitos porque como trabajan en la ciuda y tienen esa casa y el piche carro, quieren cagar más arriba de vuste (usted) sabe dónde, y de paso, lo miran a uno por encima del hombro -esto lo dice zapateando en el mismo sitio a pesar de la aparente debilidad-
- ¡Mujer!! -grita el hombre del bastón- calma esa lengua de chirere que tenéis y dejá ir al señor a saludar a esa familia que no te ha hecho daño, acordate que son hasta parientes tuyos
- ¡No me jodàis vos! familia si es gueno ¡Yo soy Cuevas y a mucha honra!
- –interviene la doña molesta-
-
- Hasta luego amigo -dice el señor del bastón-
-
- ¡Si mal no recuerdo! –añade- esta mañana tempranito vi salir al señor Antonio con su familia; de todas maneras échese una pasada a ver
- Gracias le digo y salgo rumbo a la casa, pero esa es otra historia.
1.- El nombre viene a colación, porque probablemente de este deriva el popular chirere (picante) que todos conocemos, y que formó parte del lenguaje de los Kuikas.
2.- La primera vez que la escuché fue en Chejendé, algunos habitantes lo utilizan para expresar asombro ante algo imprevisto
La visita que faltaba
Aquel día de julio no coincidí con la familia Márquez y tuve que regresar sin poder devolver la cortesía, ha pasado un tiempo desde entonces y por diversos motivos he pospuesto la visita pero hoy he decidido intentarlo de nuevo.
Finalmente logro encontrar al señor Antonio Márquez en su casa, por cierto es una morada muy interesante y bonita, hecha completamente de ladrillos de adobe y no de bahareque como el común, ajena a la primera impresión que tuve del pueblo, la familia (esposa y tres hijos) se sorprende al verme, aunque según cuentan ya les habían avisado de mi intención
- ¡Tengan cuidado! -Les dijeron esa vez –
Porque esa gente de la ciudad tiene malas mañas
-
¡Que yo sepa! –les comento- solo dos personas
saben de mí en este pueblo: la señora Guillermina que como ustedes saben
atiende el bar y el señor Arturo que usa un bastón, con ambos estuve
compartiendo, a lo mejor comentarían lo que dije y fue malinterpretado, con
todo, lo que hacemos es reírnos de las cosas de la gente, es una mañana muy
amena que pasamos contando anécdotas familiares; la señora luisa, la atenta
dueña de la casa prácticamente no me deja ir contando además con el apoyo de su
familia hasta la hora del almuerzo
-
Cómo cree que se va a ir sin comerse un bocadito
de comida – dice –
- Aquí somos humildes, pero siempre dejamos algo para las visitas -termina diciendo-
Al estar todo servido en la mesa y dispuestos almorzar, observo abundante queso concha negra, chirere, caraotas aliñadas y refritas, sopa de gallina, papelón con limón, carne y curruchete (1), al irnos deleitando con la comida el señor Antonio interviene para hablarme sobre su trabajo
- Soy revendedor de queso -comenta-
En esa camioneta que ve afuera recorro parte de la región ofreciendo el producto que le compro a la quesera -distribuidora- a un precio razonable, algo se le saca si se sabe atender al cliente, en mi tiempo libre me dedico a lo que más me gusta, la lectura de la historia, sobre todo las tradiciones nuestras, aquellas de las que casi no se acuerda la gente, tengo una pequeña biblioteca aquí mismo -en ese preciso momento el señor hace una pausa y señala a su esposa- mi señora también trabaja en la ciudad
-
Me
desempeño como cajera en una panadería -adelanta la doña-
-
Como se imaginará nos sacrificamos mucho por echar
esta familia adelante -agrega-
- ¡El mayor es Carlitos! – expresa emocionado el señor mirando a su hijo-
Tiene quince años pero aparenta dieciocho, es un excelente estudiante, todas las materias las lleva sobre diecinueve, además, es muy obediente y buen hermano, todo lo contrario de Augusto –mientras dice esto voltea a ver al otro hijo al que señala frunciendo la boca-
- ¡Molesta por todos! –afirma disgustado el señor mientras el joven disimula como si no fuera con él-
Se la pasa más en la calle que en la casa, eso sí no lo dejo salir, así patalee hasta que no termine las tareas. Me sigue Rebequita que tiene tres añitos
- ¡Yo a mis hijos! -exclama de pronto el señor-
Los quiero a todos por igual pero a Rebequita por ser hembrita la cuido más –mientras lo dice la niña deja su silla para ir a su encuentro y lo abraza-. La señora Luisa lo interrumpe aparentemente molesta
-
No le digas así Antonio que la malcrías, por
eso es que no me hace caso
- Vos sabes muy bien -replica el señor– que también la sueno cuando se porta mal, yo no tengo la culpa que no le pongas carácter-termina diciendo mientras la señora arruga el rostro-
La señora luisa es una mujer muy simpática y bien vestida que aparenta sencillez en contraste con un fuerte carácter, al terminar de comer hay una pausa mientras nos trasladamos hacia la pequeña biblioteca que mencionó el señor Antonio, la doña inteligentemente cambia la conversación que ha quedado atrás y expresa:
A mí particularmente este pueblo me trae muy buenos recuerdos familiares, el problema es que de unos años para acá se ha ido descuidando y en ese descuido nos incluimos los Márquez Marabey, a pesar -continúa diciendo- de que no ha sido abandonado del todo, muchos nos recriminan que trabajemos en la ciudad, pero dígame usted señor
- ¿Cómo vamos nosotros a subsistir?
Con ese sueldo de hambre que ofrecen en esta aparente empresa licorera que no es tal sino un gran alambique sin controles de ninguna especie. También es cierto -y mira a su marido- que nosotros no estudiamos, y por esa razón estamos limitados para las ofertas de trabajo
- ¡Yo no me quejo! -interrumpe el marido-
-
A mí no me ha ido mal -agrega-
- ¡Yo sé, Antonio, yo sé! -replica la señora-
No me estoy refiriendo a que vivimos mal sino que pudimos tener algo mejor remunerado y con menos trabajo
- ¡Ok, dejémoslo así mejor! –alcanza sólo a decir molesto el señor-
La doña inspirada continúa reflexionando: Otro problema que tenemos los chireleños es la falta de enseñanza para nuestros hijos, la escuela que funciona hace años se reduce a un saloncito donde un maestro que no tiene título ni está preparado académicamente, imparte clases a toditos los grados; la señora frunciendo el entrecejo se pregunta
- ¿Cómo aprenden los niños así en esas condiciones?
Por eso es que mis niños estudian en la ciudad, son varias las razones por las cuales tanto nosotros los padres como nuestros hijos decidimos hacer vida allá –de repente la señora interrumpe la conversación-
-
¡Y mejor lo dejo hasta aquí! porque Antonio me está haciendo señas para que
termine -mientras dice esto sale zapateando de la pequeña biblioteca en señal de
molestia-
- Mi esposa es un chirere -comenta el señor-
Pero tiene toda la razón, a veces a uno se le va el juicio porque no acepta la verdad. Este pueblito de Chirel –continúa diciendo- así como está, olvidado y descuidado por nosotros y los gobiernos de turno, tuvo una época próspera aunque no lo crea, recuerdo especialmente una fábrica de pantalones y camisas que existía, así como dos grandes trapiches que fueron fuentes importante de ingresos, además de permitirle a las mujeres ser más independientes y trabajar en algo en que se desenvolvían mejor que el hombre; caso contrario sucede con ese alambique que tenemos ahora -dice molesto- que para lo que ha servido es llenar el bolsillo de unos pocos que lo que hacen es explotar y emborrachar a los habitantes de paso con un producto mal elaborado
- ¿Cómo es eso? - pregunto-
No lo ve, los pocos habitantes que han reclutado no viven decentemente, observe sus casas, sus formas de vestir e incluso, a sus familias
- ¿A qué se debe esto? –Se pregunta el señor Antonio-
A que el negocio les ofrece un pobre sueldo, les niega beneficios y los vive amenazando con botarlos sin arreglo cada vez que intentan reunirse. El dueño que pocas veces se acerca al pueblo, se siente guapo y apoyado según comenta, porque dizque es familiar de un alto funcionario castrense que está enchufado en el gobierno; al decir esto se queda pensando unos momentos y decido interrumpirlo
Ahora sí entiendo señor Antonio de dónde salieron las máquinas de coser que doña Guillermina tiene en el mostrador de su negocio
- ¡Ah... sí! –exclama nostálgico el señor-
Eso es lo que queda del esplendor de aquella fábrica. Desde aquí se exportaban para todas partes: camisas, pantalones y uniformes en general; el señor medita unos momentos y expresa
- ¡Todo se acaba en la vida!
Por eso uno no debe encariñarse mucho con las cosas materiales, allí tenemos el ejemplo más palpable con aquellas empresas, una cosa es lo que uno se esfuerce por concretar en la vida y otra es lo que hagan de ese esfuerzo las generaciones posteriores. Y esa fábrica -continúa diciendo el señor- la acabó el gobierno cuando la privatizó y se las quitó a los dueños, unos extranjeros que tenían buenas intenciones hasta donde alcanzo a ver. Otra desgracia para este pueblo aún más grave, es lo referente a la zona que rodea parte de esta región
- ¿Por qué lo dice? --pregunto-
-
- Es que esta tierra es sagrada -exclama el señor-
En mis ratos libres leo sobre eso y para que no crea que hablo tonterías le cito a un arqueólogo francés de apellido Vellard Pietri si mal no recuerdo
- Por aquí debe estar el libro –mientras lo dice se rasca la cabeza y lo busca afanosamente hasta dar con el-
Se fija que es como le digo, aquí puede ver que este francés realizó estudios en las cuevas o Mintoyes como las llamaban originalmente los kuikas; que por si no los ha oído nombrar fueron los habitantes originarios de estas tierras
- ¡Si los he oído nombrar! pero más como un cuento que otra cosa -interrumpo-
- Me va a perdonar señor, pero esos no son cuentos, fueron personas que vivieron aquí y por mucho tiempo -aclara el señor-
Bueno, como cita el arqueólogo, en este vasto territorio existían una treintena de cuevas donde los naturales sepultaban a los muertos, era su costumbre colocarlos en cuclillas dentro de vasijas de barro aparte de utilizar las cuevas como adoratorios. Los ídolos que usaban en las ceremonias los colocaban sobre dúhos, que eran una especie de asientos bajos. El señor de repente me sorprende con una pregunta
- ¿Cuántos sitios arqueológicos cree usted que podemos tener actualmente los chireleños?
-
- Bueno señor Antonio, según lo que dice el arqueólogo que cita usted, y tomando en cuenta el tiempo, asumo que debe ser un número próximo a la decena –respondo dudando-
-
- Ni cerca está -dice sonriendo el señor-
Actualmente conocidos hay solo tres sitios, de los cuales uno esta como a veinte metros de aquí y el resto está dispersado a lo largo de este trozo de terreno –el cual señala hasta donde se alcanza a ver-, y tales sitios se encuentran descuidados; sin señalizaciones que orienten y adviertan a las personas sobre la existencia de ese legado cultural. Fíjese que la mayoría de esos sitios -prosigue el señor- han sido profanados por personas interesadas en obtener dinero entre otras oscuras intenciones, olvidando lo valioso que resulta para un estudioso el encontrar todo tal como originalmente se encontraba, ya que es un libro abierto que nos cuenta sobre la vida de nuestros ancestros, para mí cada saqueo es lo mismo que si usted fuera al cementerio abriera una urna y sacara un cuerpo, lamentablemente no existe una ley y si existe no se aplica -arguye- que proteja contra eso actos vandálicos contra natura
- ¿Cómo se puede progresar así? -se pregunta el comerciante- si se es incompetente o se hace caso omiso a esta situación
-
- ¡Se repite la historia! -exclama de pronto-
Mire –dice agarrando un pequeño tomo de la biblioteca- y para no extenderme tanto, porque esto no tiene patas ni cabeza al no haber dolientes, sólo le voy a referir lo que narra un obispo en esta obra, él dice que entre los años de 1608 y 1714 fueron quemados alrededor de 1612 ídolos y santuarios, si a esto le agregamos el desastre que existe actualmente, de vaina quedará algo para los museos y para estudios serios que se puedan hacer en un futuro-dice molesto el señor-.
Al despedirme, la familia encomienda a su hija para que me dedique unas sencillas palabras
“Si no sabemos de dónde venimos, jamás sabremos hacia dónde vamos”
1.-Dulce a base de papelón, queso y aliños
El Hogar de Guillermina
Al dejar a la familia Márquez logré dar con la dirección donde vive Guillermina Cuevas, además de enterarme que fue tía política de la señora Luisa, aunque al morir el tío de esta ya estaban divorciados, esta situación por supuesto la aprovecha Guillermina Cuevas para negar cualquier parentesco. Días después pasé por su establecimiento de nuevo y tenía pegado en la puerta un aviso que decía
“no puedo avrir oy michosos estoi maluca pasa mañana a ver. firma guiller la única dueña”.
No aguanté la curiosidad por irla a visitar y cogí rumbo hacia su casa. No me extrañó encontrarme poca gente por aquel camino pedregoso y de tierra amarilla salvo, una pareja de viejos que discutían acaloradamente por lo que parecía ser el origen del problema: una carterita de miche zanjonero(1) a casi terminar, llamaba la atención su porte: paltós algo rotos y deshilachados, se podían ver sus descoloridos pantalones remangados por debajo de las rodillas, sin dejar de mencionar las infaltables alpargatas, al verme, dejaron de discutir, seguidamente se me acerca tambaleándose el que parecía ser el líder, lo deduje por los gestos que hizo a su compinche: se colocaba el dedo índice en la boca, en actitud de silencio, al mismo tiempo que lo convidaba a tomar asiento en la acera haciéndole compañía a un perro, todo lo hacía valiéndose de un gesto elegante -parecido al golpe de muleta de los toreros- y picándole el ojo
- ¡Buenas compa! ¿Cómo está la vaina?–esto lo dice en voz alta y sonriendo como si me conociera-
- - ¡Muy bien señor! Y ustedes fajaos! –le dije-
- ¡Pues sí! –responde con naturalidad-
El señor miró lentamente hacia el piso simulando preocupación, luego miró sus manos, se me acerca y levantando la cabeza me dijo con desánimo
- ¡Mirá! te vengo a pedir un favor
- ¿Qué será? –pregunté, mientras me rascaba la frente al mismo tiempo que percibía un fuerte olor a violín (2)-
No tendrá por casualida unos diez bolos que yo te los pago mañana tempranito con seguridad -esto lo hacía abriendo más los ojos, con las manos en los bolsillos mientras trataba de mantenerse erguido-
- Tengo como dos bolívares ¿le sirven?
- ¡Como no! poco a poco llenamos el buche -añadió el señor-
Al momento de entregarle las monedas se persignó y dijo inspirado
- ¡Que dios, taita ches, los cuatro arcángeles negros, mano gollo, las siete potencias y toditos los santos me lo protejan!
Le di las gracias rápidamente y seguí mi camino antes de que se le ocurriera otro nombre.
La casita de Guillermina Cuevas estaba rodeada por una cerca de alambre de púas, de esa que rodean los conucos y que fijan con estantillos de madera, en algunas partes tenía ciclón protegiendo materos de varios tamaños que contenían diversas especies de helechos, flores, orquídeas y sábilas, a su vez, todo ese jardín estaba protegido parcialmente, por las sombras de viejos árboles de mango, aguacate, mandarina, limón y mamón; cada árbol estaba rodeado por cables simulando hebras, que terminaban en bombillos protegidos por un plástico recortado de botellas desechables. El techo era bajito no sobrepasaba los dos metros de altura, en la entrada estaba amarrado un viejo burro en cuyos costados tenía apilados sacos de frutas, cambures verdes y café, asegurados con trozos añadidos de cabuyas. Entre el bulto y la piel del animal habían colocado muchos cartones, quizás -pensé- para protegerlo del roce de la carga; por allá se divisaban dos perros amarrados que al verme comenzaron a ladrar. La puerta de la cerca estaba abierta y logré entrar; en el frente había un porche con dos sillas y una mesita, arriba de estas había una ventana entre abierta desde donde alcancé a ver la silueta de una persona caminando por toda la casa, llevando sobre sus manos lo que parecía ser una pequeña tinaja floreada por donde salía un humo blancuzco, por eso lo del olor a incienso que se sentía desde lejos -pensé-, esta práctica rememora las lecturas de las tradiciones indígenas kuikas: quemando cacao en los altares que rendían a sus dioses. En un descuido me logró ver e inmediatamente abrió la puerta y entre la humareda sin saludar grita
- ¡Esto lo hecho pa espantar a los pavosos! –mientras lo decía meneaba insistentemente la tinaja echándome prácticamente el humo en la cara-
- ¡No será por mí! -le dije sonriendo moviendo rápidamente las manos para dispersar el humo-
-
- Depende de qué plaga te traiga por aquí -argumentó la doña-
-
- Si es que venís a buscar cobres (dinero) mejor buscáis pa los dos, porque estoy pelando -completó diciendo-
-
- Es que no se acuerda ya de mi doña Guillermina -exclamé-
-
- Dejame ver –recuerdo que al decir esto, cerró la puerta de golpe casi en mi nariz, y de pronto apareció con lentes-
-
- ¡Co.. si es este gran carajo! -exclamó la doña-
-
- Como estáis vos muérgano que no habíais venido a echate una por este olvidado pueblo, yo nunca olvido un guen cliente, aunque se jarte (beba) poco-alegó-
-
- Pasé por su negocio y estaba cerrado -dije-
-
- Es que estuve muy mala, pero ya me está pasando -continuó la señora- A las viejas solas como yo, no nos queda otra más que aguantarnos el chaparrón pero ¡Pase, pase adelante! que aquí no comemos gente no joda ¡buscate una silla por ahí! -insistió la doña-
Adentro de la pequeña morada se había disipado parcialmente el humo, y sólo quedaba el olor a sahumerio; sobre una mesa pude detallar el tinajero floreado lleno de aceite y mezclado con lo que parecían ser palos de canela y cacao tostado. Un carboncito encendido y perfectamente redondo flotaba, y como granos de pimienta sobresaliendo inciensos; a lo lejos se escuchaba un loro, sólo le alcancé a entender
- ¡Chico parate... parate chico!
- Como podéis averiguar, vivimos humildemente - comenzó diciendo la doña-
- Decime en verda ¿Qué plaga te trae por aquí?
- Bueno doña, al ver el aviso decidí venirla a saludar -respondí rápidamente-
- Parece que tenéis la costumbre ¡Gran carajo! de joder a los de este olvidado pueblo –arguyó sonriendo-
- ¿Qué ganás vos con eso?-preguntó curiosa-
-
- Pasatiempo y ganas de molestar a la gente –dije sonriendo-
-
- ¡Mira... ve! -dijo la señora presionando el dedo debajo de un ojo-
-
- ¡Yo te aviso, chirulí!
-
- A mí me parece que vos lo que estáis es enamorao por ahí
- ¿A quién estáis zamuriando –merodeando-?
- ¡Decime! que yo no echo el cuento –insistió bajando la voz-
- Nada de eso doña, me impulsa es la curiosidad
Luego de varios intentos en vano, logré cambiar la conversación
- Usted vive sola señora Guillermina -pregunté dudando-
La doña, después de buscar un recipiente para escupir el chimó tomó asiento, se sonrió, mascó la pella y dijo
- Vivo con mi hermano mayor Chico Cuevas
- Se fijó en la bestia amarrada -inquirió-
- Sí, como no-respondí-
- Pues, es la del (de él) –continuó diciendo- horita está reposando, por eso la caraja lora pancha lo llama a cada rato
- ¿La oye? -preguntó-
- ¡Claro doña!
- Llega cansao el muy pobre dese (de ese) cerro donde tenemos el conuquito, entre lo que recoge pa vendé y lo que yo me gano con el miche, con eso nos alcanza pa vivir -agregó-
-
- Pero doña –la interrumpo-
-
- ¿Cuándo abre por fin el negocio?
-
- Toy (estoy) esperando hasta mañana viernes que comienzan los tres días guenos, porque los demás son días muertos -terminó diciendo pausadamente-
La doña se veía cansada y me despedí de ella para que guardara fuerzas.
1.-Aguardiente recién sacado del alambique, elaborado con caña de azúcar y aliñado con hierbas aromáticas y especias.
2.-Mal olor en las axilas
Otros Tiempos
De todo lo que se puede recoger del pueblo de Chirel sembrado en la memoria de sus habitantes, converge la mayoría de veces un añorado pasado sin continuidad y curiosamente ese florecimiento no se debió al pasado agrícola que tuvo alguna vez, como es de esperarse de un pueblo rodeado de grandes extensiones de tierra fértil, sino la mayoría de sus habitantes rememora es lo que le dedicaron al trabajo industrial o más exactamente, a la elaboración de ropas de seguridad o de vestir entre otros. Al empleador aparecer ofreciendo mejoras sustanciales en la calidad de vida, sin más requisitos salvo -en principio- que fuesen mujeres las solicitantes, sólo era cuestión de tiempo dado lo pequeño del pueblo, que corriera la buena nueva y se descuidasen las tierras. Todo este boom trajo mejoras consigo en todos los sentidos pero al tiempo los gobiernos con las justificación de querer lo mejor para el pueblo, las fueron interviniendo por etapas, con un terrible resultado fruto de la improvisación y sin culpables, como es lo normal en naciones ricas en hidrocarburos. Poco a poco fueron desapareciendo y con ello aquel sueño de un mejor porvenir para las familias del pueblo, comenzaron con reducciones de sueldos sin variar la jornada de trabajo, alegando –al momento- problemas de liquidez, luego fue la reducción de la nómina, despidos injustificados, y finalmente la declaración de quiebra o bancarrota. Los arreglos por la prestación del servicio se puede decir que fueron justos. Pero ¿qué hacer…dónde invertir? se preguntaban algunos lugareños, mientras otros indiferentes al futuro lo utilizaban todo en gastos innecesarios.
Así aparece este pueblito en el mapa imaginario de quien escribe; que puede incluso existir en esta época de grandes descubrimientos y avances tecnológicos en algún lugar cercano. Un caserío que se niega a morir y del que sus habitantes se sienten orgullosos aunque las circunstancias sean adversas. Sólo una empresa que surgió entre aquel agonizante boom ocupó el tiempo de algunos habitantes, administrada por un familiar de un alto jerarca del gobierno que la mantuvo con una mínima nómina, reducidos sueldos y escasos incentivos laborales.
Guillermina Cuevas fue y será el alma de Chirel aunque disguste su particular manera de ser. La doña no estuvo exenta de ese boom que arropó a todo el pueblo en aquella oportunidad, puesto que le tocó sufrir las verdes y las maduras como decía, situación que se agravó al quedar viuda prematuramente. En una ocasión -ya en sus últimos días- la encontré sentada en un banquito de lo que pareció ser alguna vez una plazoleta ahora adornada de óxido y monte a su alrededor; la doña se apoyaba de un bastón
- ¿Cómo estáis vos? -dijo al verme-
-
- ¡Muy bien doña Guillermina! Y usted
-
- Pues aquí mijo con la pata chueca ¡Toy igualita que Arturo! -lo que hice fue reírme-
-
- ¡Aquí le traigo un regalito doña! –saqué algo del bolsillo y se lo mostré-
-
- ¿Qué será? -diría curiosa mascándose una hojita de helecho y mirando el envoltorio-
-
- Pues chimó del que a usted le gusta doña -dije sonriendo-
-
- No ve -comenzaría a decir la doña- vos valéis lo que pesáis gran carajo, pero si te echo un cuento no me creéis
-
- ¿Qué le pasó?
La doña apoyando el bastón con una mano y sin levantarse comentó molesta
- Vos sabéis que el muérgano dotor (doctor) ese, me quitó el chimoito (chimó)
- ¿Cuál doctor doña? no era que estaba mejor –dije-
-
- Pues sí, eso creía yo, pero según lo que dijo el dotor ese, estoy un poco maluca del reloj -corazón- y de los huesos. Y según dijo, el chimoito dizque es malo pal cuerpo ¡vuste sabe eso! –reaccionó molesta-
- Ni que hubiese sido ayer nojoda que empecé a mascar la pella. Toy esperando unos diìtas nomás a ver ¡Démelo acá! –Gritó de pronto arrebatándomelo de las manos-
-
- No me joda ese dotor -terminaría diciendo mientras lo guardaba dentro del sostén-
Dado su estado no me atreví a preguntarle sobre el bar, lo que hice fue sentarme a su lado mirándome los zapatos como muchacho, moviéndolos a los lados. La lúcida Guillermina se baja los lentes y observándome por encima de estos simulando ver con claridad, dice
- Hoy tampoco puedo abrir el negocio porque hasta el polvo me cae mal ¡Ya no puedo ni limpiar! -se quejaba mostrándome las arrugadas manos-
-
- Le dije a la carajita del lao de la casa, la hija e Tomasa a ver si me jacía la caridad, y me salió dizque estudiosa ¡Tengo que estudiar! se cogía la calentona esa, ni que juera gratis no joda
-
- ¡Estudiando si es gueno! –diría enérgica-
-
- Haciendo cebo es lo que se la pasa estudiando la majincha esa, ni que yo me chupara el deo ¡Mirá! Yo te aviso chirulí, aquí en esta vaina nos conocemos todos, pueblo pequeño infierno grande, pereza es lo que tiene la pasmada esa –terminó diciendo molesta-
-
- Doña Guillermina -la interrumpí-
-
- Sería mucha molestia que me hablara un poco ¡sí se acuerda! de la época de aquella empresa textil que tanto habla la gente. La señora sonríe y haciendo un amague con el bastón, simulando un golpe dice
-
- ¡Aciè! No sé si será téstil (textil)
-
- ¡Mirá carajo! que a mí no me gusta esculcar en lo de antes
-
- ¡Lo hecho, hecho está! -diría con firmeza-
-
- ¿En qué andáis vos zarandajo? –Se preguntaba frunciendo el entrecejo-
-
- Qué es esa averiguadera que tenéis ? Cada vez que te veo es la misma miasma - decía esto, soltando el bastón y golpeando a manera de aplauso el dorso de una mano con la palma de la otra-
-
- Dejá la cantaleta esa, vos no tenéis que jacer (hacer) más que molestar a esta vieja -decía sonriendo-
-
- ¿Es que vos trabajáis en la radio o qué co..? -preguntó de repente-
La doña como era su costumbre, no me dejaba responder, invadiéndome con su conversación hasta que al fin logré intervenir
- No mi doña, en realidad escribo cuentos
-
- ¿Cómo es la vaina? –preguntó, quedándose pensativa-
-
- ¿Y por lo menos te pagan por eso? –continuó-
-
- Porque si te pagan, te vais a tener que bajar de la mula, porque yo no hablo gratis -decía carcajeándose mientras tosía-.
La doña se quedó pensando, murmurando algo que no alcancé a entender al momento, y dándole un golpe al piso con el bastón dice
- Ya eso es cuento viejo ¡Quien vive de ilusiones a jalar se queda! –agarre consejo de esta vieja, que ya se va-
-
- Desa (de esa) época, pero mucho antes de la industria esa que jace miche ahora, me acuerdo como si juera ayer, porque un bojote de mujeres, menos yo, se jueron en cambote a trabajar en esa empresa, porque le daban muchos cobres por purito coser ropa. Hasta llegó un señor muy forondo (elegante) de pantó (paltó) y corbata a meterle cuentos al pueblo, y muchas pelearon con sus familias por esa lavativa, hasta mi comadre Eulalia tuvo pleitos con el hombre, ese armó un samplegorio y al final, hasta él consiguió trabajo de vigilante, pà nada gastó saliva porque con eso le taparon la jeta. El esposo mío también trabajó ahí pero tuvo un accidente cuando visitaba a mi suegra -al decir eso la doña arrugó la boca y moviendo la cabeza negativamente continuó- me dejó íngrima y sola, y así me quedé hasta que se vino a vivir chico conmigo; yo soy de un solo hombre y pà atendé a un tiesto mejor me quedo con mi hermano mayor, en eso de las parejas ¡mejor sola que mal arrejuntá! -decía, haciendo una mueca con la boca-.
Después de un breve silencio volvió a golpear el bastón contra el pavimento y dijo
- Ese cuento que le metió Luisa, que si perencejo o sutanejo de la fulana empresa esa, es purito embuste, dizque lo mejor que tuvimos los chireleños ¡Vaya vuste a creer!
-
- ¡Nooo mijo! no me hagan rir (reír) la verda es como decía Apá (papá): Que mucho antes de que se largaran esas empresas, aquí ya habían cobres, era cuando estaba el tren que traía y llevaba lo que se jacía en el campo, eso era un mulero que había lleno de sacos y sacos de máiz (maíz), papas, café por todos laos (Lados), muchas vainas trajieron (trajeron); yo no sé porque eso se acabó, pero lo que sí sé, es que cuando se acabó este pueblo también se jue (fue) pál co... Lo mejor que siempre hemos tenío (tenido) los chireleños está dentro de aquí –aún recuerdo con temor cómo se golpeaba el débil corazón con el puño- y lo demás está puayá (por allá) hasta onde vuste alcance a ver...
FIN
Los relatos a continuación se inspiran en casos no resueltos, como por ejemplo, los crímenes y desapariciones de inocentes que permanecen impunes: Quién era Rak Vagon y el Libro de áperion son fantásticos. El primero es un imaginario y confuso caso policial. El segundo, un modesto trabajo que puede ser leído de varias maneras: Como cuento, como pequeño y pretencioso aforismo, o como metáfora a los números binarios y a la Biblioteca de Alejandría.
José Gregorio Granadillo Viloria
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Desescultura.editor
“No hay sitio, lugarejo, pueblecito que no tenga algo de que envanecerse,
por lo menos, de un fruto, de un animal, de alguna roca de construcción,
o finalmente, de sabrosa agua y templado clima.(…)” pág. 169 (1)
Arístides Rojas (1826-1894)
A doña Felipa (+)
Al Pueblo de la Fuente
El erudito se levanta temprano, su rutina es hacer calistenia y desayunar ligero, vive en un pequeño departamento con su familia en un pueblo de los Andes Venezolanos. La habitación donde duerme también es su estudio, allí le da forma a sus ideas como un niño jugando con plastilina y a pesar de tener más de cincuenta años conserva cierto aire juvenil y gracioso, le apasiona lo que hace: construir pequeños relatos de lugares, familias, amigos, etc., muchas veces tan reales que le cuesta distinguirlos o tan fantasiosos que jamás concluye.
Este día sentado en su antiguo sillón se le ve ansioso ante una serie de objetos, libros entreabiertos y papeles a medio escribir, amontonados de manera deliberada en lo que parece un desorden con sentido de orden, clara señal de creatividad y agilidad mental, la razón, es que espera una remesa de la Fuente -una provincia de la isla de Margarita- que remite un pariente, se trata de una rareza en lo que a numismática se refiere hallada por pescadores en la cueva de la bruja, una gruta que se encuentra a orilla del mar al pie de una colina en la zona de Puerto Fermín, donde las olas al chocar contra las piedras crean efectos naturales, motivo para justificar mitos y creencias, un hallazgo del que se conocen sólo seis piezas y de las que poco se sabe. El erudito al recibir la noticia adelantó su investigación ya que el remitente siguiendo sus instrucciones no escatimó en detalles, el destino quiso que lograse adquirir dicho objeto ya que su pariente administra una posada en la zona.
Suena la puerta e inmediatamente se agita al ver que se trata de la esperada encomienda: Un pequeño envoltorio de papel y cinta plástica que recibe casi sin prestar la debida atención al repartidor no obstante, adjudicándole una generosa propina, rapidamente retorna al sillón, desdobla cuidadosamente el objeto y sin desviar la mirada, busca de memoria la gruesa lupa en la gaveta, detallando una especie de moneda o medalla circular hecha de cobre de no más de 30mm de ancho con un considerable desgaste que presume, fue debido a su constante circulación, por esta razón piensa que se puede descartar que fuera una medalla conmemorativa, nota que su diseño en general no es muy elaborado además de tosco, con letras uniformes en mayúscula, la dibuja con un lápiz a través de un papel detallando su inscripción hasta lograr ver en su anverso en alto relieve una canoa donde figuran tres personas ataviadas con trajes típicos, dos de las cuales reman ante lo que parece ser un mar picado y ante una esfera que podría representar al sol o la luna, todo a su vez rodeado por una leyenda: “MARGARITA PERLA PRECIOSA”; seguidamente, en el reverso observa que perfectamente centrado colocaron un número 4 rodeado por siete estrellas y la leyenda: DF. 4 de MAIO 1810.
Todas las indicaciones le crean suspicacias sobre el verdadero origen, no existen precedentes de estudios pormenorizados, su experiencia no es suficiente, vuelve a insistir con la pregunta
- ¿Será una moneda o una medalla conmemorativa?
Dado que la fecha es incuestionable, rebusca nerviosamente la edición del Tratado General de Monedas de Don Tomas Antonio Marien y Arrospide (2) entreabierto en el piso y deduce que si bien el libro no arroja pistas contundentes, las señales revelan que podría tratarse de algún tipo de maravedí -moneda que empezó a circular en 1172 en la España de Alfonzo VIII-. Concluye seleccionando dos monedas que considera cercanas a las características descritas, la primera de ellas con un valor de 4 maravedís acuñada en 1836 bajo el reinado de Isabel II de España y la segunda de 8 maravedís acuñada en 1810 bajo el reinado de José Bonaparte, de repente, un sonido lo desconcentra, no ha caído en cuenta que es la hora del guarapo de panela con el pan “pata e mula” que trae religiosamente chepa su ama de llaves. Luego del refrigerio se coloca una mano en la mejilla acariciándola suavemente mientras reanuda su observación con más detenimiento, por los antecedentes no vacila en descartar al viejo continente al no tener la rareza el perfil de ningún rey ni el sello o leyenda de corona alguna, todo le conduce a una pregunta más específica
- ¿Simbolizarán las 7 estrellas y la fecha, el innegable hecho histórico ocurrido en Venezuela?
Elucubraciones, imágenes, conjeturas y citas rodean su mente al localizarse el hallazgo cerca de la Bahía el Tirano que es el otro nombre con que se conoce a Puerto Fermín, un lugar donde desembarcó el sanguinario Lope de Aguirre
“Refiere la historia antigua de Venezuela que, cuando el famoso tirano Lope de Aguirre se presentó de improviso en 1560 en las costas margariteñas, una tempestad separó las embarcaciones de la pequeña flota, arrojando a las costas de Paraguachí, la vela en que venía Aguirre. (…) pág. 169” (1)
Y haciéndose pasar por gente buena y perdida en el mar, saqueó e incendió la isla. Al principio todo le es confuso, sabe que las primeras monedas fueron las perlas que circularon de manera oficial entre 1589 y 1620 -16 perlas equivalían a un kilo de oro fino- no obstante el hallazgo es posterior a estos sucesos, con casi trescientos años de diferencia. El erudito recorre pensativo la habitación con las manos cruzadas tras la espalda, chepa por instinto le lleva una taza de café que saborea mientras divisa por la ventana el campanario de la catedral que reposa sobre grandes cedros, luego retorna a su sillón mostrando un halo de satisfacción, no duda al pensar que la rareza fue acuñada en un momento muy turbulento en la historia Venezolana para conmemorar su Independencia y nada más mordaz que fuera un maravedí insular -por llamarlo de alguna manera- uno de los íconos de tan magno evento que muestra las esperanzas, valentía y aspiraciones independentistas de la isla de Margarita.
Fin
1.-Aristides Rojas, Orígenes Venezolanos (Historia, Tradiciones, Crónicas y Leyendas) Caracas, 2008 741 pág.
2.-Tomas Antonio Marien y Arrospide, Tratado General de monedas, pesas, medidas y cambios de todas las naciones reducidas a las que se usan en España, Madrid, 1789, 657pag
La Hormiga
En este corto relato se intenta crear confusión sobre la desaparición del adalid
A la hora convenida se congregan, usando traje formal preferiblemente oscuro. En medio de un ambiente encarecidamente adornado, habitualmente; en la morada del adalid la penumbra, las cortinas echadas y los postigos entornados son imperativos, al igual que el susurro, salvo, que la ceremonia fuese en zonas de Latinoamérica, África o la Península Ibérica. A los íntimos se le saluda con solemne gesto prevaleciendo la confianza que el adalid haya ofrecido, a veces, –contadas- foráneos hacen lo propio. Fuera de la morada normalmente los íntimos hacen grupo aparte lógicamente, a posteriori, siendo la sensatez extremadamente pertinente. El adalid jamás susurra, es tal su distintivo que aludirlo produce vértigo, impresión, ira y en casos extremos: Jurar en arameo. El tiempo limita la ceremonia, el tiempo al adalid no lo domina, lo cierto, es que nadie supo de él siendo vox populi su lugar. Unos piensan irremediablemente que ha muerto, otros juran haberlo visto en lugares comunes. La ausencia ha hecho que unos le rindan culto y otros lo impugnen, por eso, declaran a media página anhelando algunos la ceremonia, pero negándola, la mayoría.
En principio, el hábito cristiano era congregarse quince días posterior a la última ceremonia -el adalid era visto una vez, que era su última- aquel código consuetudinario quedó atrás supliéndolo el libre albedrío. El rabino de los israelitas, por ejemplo, no se aleja del adalid hasta no verle más, dicen ellos, que en la recitación del kadish los minián –diez judíos- habitúan cubrirse la cabeza en la sinagoga, y en la morada. La ceremonia puede haber sido pagana: Algunas tribus primitivas como los Kuikas evitaban por todos los medios vocear su nombre, utilizando -a despecho de ágrafos- un creído eufemismo: El perdido. Desdicen erradamente que para las ceremonias Venezolanas adornar se ha vuelto inverosímil.
Terra Patrum
Al intentar enumerar cronológicamente algunos títulos que he hojeado y que han hecho referencia al petróleo nacional, comienzo por un editorial del diario “Ahora” titulado “Sembrar el petróleo”, escrito en julio de 1936 por don Arturo Uslar Pietri (1906-2001), seguido de las obras: “Mene”(1936) y “Casandra”(1957) de Ramón Díaz Sánchez (1903-1968), Sobre la misma tierra (1943) de Rómulo Gallegos (1884-1969), Guachimanes (1954) de Gabriel Bracho Montiel (1903-1974) y “ Oficina número 1” (1961) de Miguel Otero Silva -MOS- (1908-1985) entre otras importantes obras. Todas refieren el tema desde diferentes perspectivas; por ende, la reseña a continuación no pretende andar sobre terreno inexplorado, es el resultado sí, de la imaginación del autor que roza –a veces- con la realidad; la mayoría de los nombres, personajes, fechas y lugares son ficticios con la excepción de algunos lugares perfectamente reconocibles. El hecho de ser hijo de empleados de la antigua Shell (mi padre fue obrero petrolero y mi madre enfermera) y haber nacido en Rancho Grande (Hospital de la Creole, hoy Clínica Norte), ubicado en un campo petrolero del hoy Municipio Lagunillas del Estado Zulia, me permite elucubrar en el tiempo y el espacio de aquellos asoleados, cortos y memorables años, olorosos a petróleo, a gases de los mechurrios y al sonido inconfundible de balancines.
Menes de Agua
A mis amigos invisibles
Creo que era la una de la tarde de aquel febrero del 35 ò 36 –ignoro el día y dudo del año- cuando atracó el “Willem van Oranje” por la zona occidental de la península de Paraguaná, bautizado así en honor al entonces príncipe de Holanda; cargado de expertos entre los que se contaban obreros, técnicos y perforadores de la Royal Dutch Shell, famosa compañía Holandesa fundada en 1820, contratada por el gobierno para explorar y explotar petróleo en la costa oriental del lago de Coquivacoa.
A estos trabajadores del viejo mundo les llamaría la atención -por lo familiar- aquel pequeño pueblo flotante levantado en parte sobre palafitos y fundado por indígenas de las recias etnias Caribe y Caquetìo mucho antes de la venida de los conquistadores. Las primeras viviendas fueron construidas sobre bases de madera profundamente enterradas y colocadas a una altura de 2 a 3 ms. sobre el nivel del terreno, en cuyas paredes atravesaban horquetas de caña entrelazadas con bejucos y cubiertas con palma. El “menes” como así nombraban al petróleo, brotaba naturalmente y los indígenas lo utilizaban en diversas tareas: Sellar los boquetes de las canoas, pegar herramientas, preparar ungüentos medicinales, prender antorchas, etcétera. Muchas de estas técnicas fueron copiadas por los extranjeros, en especial los piratas franceses e ingleses que acostumbraban a cruzar el mar Caribe cometiendo toda clase de fechorías y donde la entrada al gran lago les pudo haber servido de guarida a sus enormes embarcaciones. El espeso líquido les servía para taponar sus golpeados buques. Una de las primeras reseñas que se han hecho con respecto a este hidrocarburo la hace el colonizador e historiador Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (1478-1557) en 1535 en su obra “Historia Natural de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano”, denominándolo “Stercus daemonii” quizás por el fuerte olor que expelía aunado a las propiedades inflamables que presentaba.
A los ocupantes del navío se les asignaría la encomiable labor de colaborar en la construcción de un rompeolas anexo a un gran dique que recorría paralelo al lago Coquivacoa 47 km con la intensión de forzarlo a retroceder y así darle paso al progreso petrolífero que nacía en aquel pueblo de aguas. Con el tiempo la explotación trajo consigo la contaminación del lago producto de filtraciones y derrames, algunos accidentales y otros no tanto, acumulándose una gelatinosa capa oscura de aceite y gases que se distribuía tanto en la superficie como debajo del lago, rodeando peligrosamente al frágil pueblo ubicado sobre una plataforma de madera, cuyas casas parecían –vistas desde arriba- como fichas de dominò recién barajadas. Así convivieron quizás por la necesidad de trabajo y techo muchas familias venidas desde diversos puntos del territorio nacional, donde muchos dejaron el sombrero de cogollo y la atarraya por el casco de seguridad; ya no eran agricultores ni pescadores sino obreros con deseos de superación. El pequeño pueblo palafitoide enfrentó varias veces conatos de incendios que fueron sofocados. Con el tiempo y al no tomar medidas preventivas la bomba estalló. Cuentan que la noche del trece de noviembre del 37 a un lado del bar plata 2, corrió como pólvora la llama de un mechurrio por las trescientas casas, incendiando todo lo que encontraba a su paso y llenando el ambiente de un humo negro que esa vez anuncio resultados funestos para todos.
Después de aquel trágico suceso que aún se recuerda con tristeza surgió entre aquellas cenizas como el ave fénix una nueva y pujante región petrolera llamada menes de agua. Dicha población está protegida por aquel muro cuyo anexo ayudaran a construir y reforzar aquellos especialistas venidos de lejanas tierras. Sobre ese gran lago se construyeron torres que como árboles surgidos de un bosque de metal continúa extrayendo el oro negro por entre sus raíces hasta hacerla llegar a una tierra ya no tan firme.
La explotación del primer rubro nacional junto al naciente sincretismo hicieron avanzar exponencialmente en lo social, cultural y económico al pueblo de menes. Con el tiempo, la extracción masiva necesitó de mano de obra calificada que formara a los nacionales en el manejo de nuevos métodos de trabajo y al mismo tiempo creara a los futuros gerentes y técnicos que requería la industria para el uso de las nuevas tecnologías. Esto era lo que se esperaba no obstante el gobierno muchas veces se vio en la necesidad de intervenir - dado el celo de algunas trasnacionales- enviando jóvenes profesionales a perfeccionarse en otros países muy a pesar, de la férrea oposición de algunas empresas extranjeras que pensaban en la merma de sus intereses económicos; disminución que de hecho y en justicia fueron objeto tiempo después. A pesar de esta circunstancia casi del común en los inicios de toda nación petrolera, donde cada parte defiende su posición, tales empresas jugaron un papel importante ayudando indirectamente a la naciente empresa petrolera a ser cada vez menos dependiente no obstante, la tecnología de punta que abaratara los costos de la extracción, mejorara la calidad de producción, hiciera efectiva la comercialización y al mismo tiempo, redujera significativamente el impacto en el medio ambiente, no se consiguió en su totalidad en el territorio nacional.
El descuido, la corrupción, la militarización del sector, los falsos nacionalismos entre otros factores, hicieron que aquel esfuerzo por llevar a la empresa petrolera a ser una de las mejores del mundo cambiara drásticamente para constituirse en uno de los peores ejemplos a nivel mundial.
En una oportunidad se hizo una inspección de rutina donde se detectó una pequeña anomalía en el muro de contención, y se llegó a la conclusión que esa parte podría ceder por gravedad, por esa razón se remitió a la gerencia de diques y canales el informe respectivo y con carácter urgente. He aquí el informe -sin anexos-
Había transcurrido un mes desde aquel reporte y no se habían tomado medidas correctivas salvo una de carácter temporal referida a taponar con asfalto la abertura externa alegando falta de recursos. Una de las secretarías ejecutivas adjunta a la gerencia de diques y canales ubicó al jefe de la cuadrilla para informarle que como “medida temporal” taponara con asfalto la abertura externa mientras se aprobaban los recursos.
Aquel importante informe fue engavetado por la corrupción, refieren que un día en un sitio ubicado a dos horas de menes de agua ocurrió algo imprevisto, la falla tectónica al sureste y de la cual se hablaba poco había despertado, aquellos tediosos reportes sísmicos estaban errados, al reseñar escasamente un día antes que: “(…) Movimientos apenas perceptibles y acumulación de energía (…)” se esperaban. Cuentan que la mañana del catorce de marzo del 42, comenzó un movimiento telúrico de importancia con una duración de 40 segundos, suficientes como para poner a temblar las paredes y los materiales de las oficinas en las dependencias de BBBSA. Todo era gritos de alegría al culminar el sismo sin prever, que a solo metros de allí, específicamente a la altura del muelle 12 y entre el kilometro 15 y 16, se había abierto un boquete de 80 metros que amenazaba con hacerse más grande por efecto de la gravedad –en simulaciones de daños hechas con anterioridad, los técnicos habían llegado a la conclusión, que se necesitaban sólo 100 mts de abertura para inundar el pueblo en media hora- Dicen que el sonido de la sirena se escuchó como un trueno por todo el pueblo, difícilmente algunas familias pudieron subirse a los techos, encaramarse a los árboles o incluso intentar subir los postes de luz para evitar ser alcanzados por las incontrolables aguas. El fenómeno de la subsidencia ocasionó que el terreno donde estaba ubicado menes de agua cediera 7 metros por debajo del nivel del lago, ocasionando un considerable aumento en su desahogo con terribles consecuencias que al intentar referirlas merecería capítulo aparte, no obstante, las pérdidas materiales y humanas nunca se contabilizaron en su totalidad al igual que lo sucedido años antes en aquel incendio que cobró tantas vidas y que pudo igualmente evitarse. Los miembros de la extinta cuadrilla –testigos de excepción- también figuraban entre los más afectados. ¡Prevenir para no lamentar! Era el eco que se escuchaba por los húmedos y abandonados pasillos del área de mantenimiento.
Fin
Josè Gregorio Granadillo Viloria
La manzana
mágica
Los fenómenos astronómicos (Tien Yuan Fa Wei).
Compilado por Bao Yunlong en el siglo XIII,
edición de la Dinastía Ming, 1457-1463.
Biblioteca del Congreso de los EE.UU.
Ad sidera tollere vultus
Ésta breve ficción se inspira en una antigua leyenda china y pretende además de entretener, buscarle alguna otra aplicación práctica a los cuadrados mágicos, partiendo de casos reales aunque a mi manera de ver continúen siendo enigmáticos.
El autor.
En el lejano oriente alrededor del 2200 antes de la era cristiana, se le atribuyó a un cuadrado mágico el dominar las enfermedades y el haber construido el universo. Cuentan que el cuadrado viajaba sobre el caparazón de una tortuga con cabeza de dragón llevando un mensaje oculto; un mensaje que evitaría más desbordamientos de un caudaloso río llamado Lo. Para algunos era considerado un cuadrado muy especial lleno de números mágicos que según la leyenda debía de cumplir ciertos requisitos, cada número tenía que ser entero y depender siempre de otros dos para ser mágico sino, serían solo números sin un significado en su conjunto, además, también era obligatorio que cada número del cuadrado mágico formara tres columnas, tres filas y dos diagonales siempre, para que el total de cada una a su vez diera el mismo número. Por esa razón según la leyenda china se le atribuían poderes mágicos.
Después del lejano oriente la leyenda se expandió y lo conocieron los hindúes, los árabes, los griegos, los egipcios, hasta el científico Benjamín Franklin (1706-1790) entre otros. Cada uno le otorgó poderes especiales y en todos siguió siendo un cuadrado mágico dando origen a diversas historias pero, ninguna tan parecida, tan vigente, tan vana como la que sigue.
Había una vez una ciudad donde sucedió algo extraordinario, por comodidad y cariño digamos que perteneciente a Venezuela. Imagino que se originó en una urbanización en particular de Trujillo y en una manzana que podríamos denominar mágica, constituida por nueve edificios, cada uno de diferente color. A una censista quien era vecina del sector y graduada en contaduría por casualidad le asignan en su trabajo elaborar la estadística de su urbanización para complementar el censo de la ciudad que llevarían a cabo en otros sectores dos colegas más. La funcionaria quien reside al suroeste decide comenzar las entrevistas de derecha a izquierda y por la entrada principal ubicada al Norte –ver gráfico-.
Luego de un arduo trabajo y faltándole poco para completar la data descubre algo insólito en sus anotaciones, se da cuenta que al sumar el número de habitantes de los primeros tres edificios obtenía siempre la cifra de quince, para completar, al hacer lo mismo en otros tres edificios esta vez ubicados lo más alejados posible, se repetía el extraño número, no había un lugar en la urbanización donde no se repitiera la enigmática cifra. La censista no se explicaba cómo la totalidad de habitantes que eran cuarenta y cinco personas ubicadas en nueve edificios, lograban sin previo acuerdo, sin siquiera hablarse la mayoría de ellos, obtener esa cifra. Como amiga de los números sabía de antemano la antigua leyenda china y dedujo que quizás la cifra significaba algo. Eso sí -pensó- algo alejado de una ofrenda que no fuese fantástico ni esotérico sino tan aproximado como el valor de pi, de la gravedad, de las constantes vitales, del cero y uno, etcétera. No encontrándole sentido ni utilidad la descarta, tal como hiciera Benjamín Franklin con su cuadrado mágico al considerarlo una pérdida de tiempo y no encontrarle ninguna “utilidad para sí mismo ni para los demás”.
La censista creyendo haberse equivocado atribuyéndole el error a la probable ausencia de personas en algunos apartamentos o a una mera casualidad tacha todo su primer trabajo y decide comenzar de nuevo. Esta vez lo hace por el Sur o la parte posterior de la urbanización -ver gráfico-. Inicia de izquierda a derecha porfiando con los números con la esperanza de obtener datos más reales sin embargo, la cifra vuelve a repetirse, como último recurso intenta por el centro de la manzana igualmente con tres edificios, descubriendo que los primeros datos concordaban y que solo uno daba al traste con la cifra. Había un tercer grupo ubicado en la esquina suroeste que fue la excepción. El complejo que no se ajustaba, solo totalizaba catorce personas. Era el único que le daba la razón y sentido a su trabajo, el único que era distinto a los demás y probablemente distinto al resto. Era un alivio porque sus estudios no habían sido en vano y dando por terminado su trabajo, asumiendo que fue un accidente todo lo anterior, se retira a relajarse a su apartamento.
La despierta el sonido del teléfono, eran sus colegas que la molestaban para intercambiar datos, comprobando con asombro que la cifra se había extendido como un virus por la ciudad, con la excepción del tercer grupo de la esquina suroeste que le correspondía. Era un apartamento que había sido pasado por alto. El último del primer trabajo que tachó y casi se desmaya al notar que era el suyo.
Fin
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En algún momento se me ocurrió hacerle una parodia a la muerte, no he sido el primero ni el último, pero el motivo en ese entonces fueron tres muertes que lograron afectarme, y debido a la poca o nula posibilidad de ganar una pelea contra ella, decidí escribir esto
Corta metáfora a la empatía
La otra
Quienes suponen conocerla yerran al pensar que la inspira solo la pasión si, a priori, se basan únicamente en sus orígenes griegos. Si bien Aristóteles la refería como urgida de compañía, y Galeno como enferma y dolida, a principios del siglo XX Lipps le dio otra connotación, vinculándola al arte y la estética.
El hecho es que toparse con ella es complejo por estar —en la mayoría de los casos— en otro sitio. Además, al usarla se requiere prudencia. Comentan que impone como meta pensar y sentir lo ajeno como si fuera propio, aunque la tilden de inoportuna e incluso de indiscreta. Ella siempre anda y desanda con la cabeza erguida, mirando de frente.
Unas veces parece somnolienta, otras entusiasta. Es sincera, de eso no dudan. Dicen que no mezcla ni impone hábitos, cediendo al que discute. Quienes poco la tratan piensan que los tiene a menos; no obstante, allí radica su fuerza: en el respeto y la determinación. Alegan igualmente que reúne, por saber escuchar y poseer una visión más amplia, promoviendo la unión en la diversidad al ser el común denominador del problema y la solución, donde el contrario es el maestro, y lo primero que enseña es indulgencia sin intuirlo del todo, además del valor para proclamar y para hacer silencio, siendo ese su lema.
No hay grupo humano que no la utilice en mayor o menor grado, aunque sea pequeño su número. Los antagónicos optan por ser apáticos, sobre todo en disputas territoriales, donde es infrecuente notarla, prevaleciendo la ofensiva, la defensiva y el egoísmo. El personal médico y los maestros se benefician, siendo tal vez los que mejor provecho han sacado. Mención aparte merecen los políticos y religiosos, que anteponen ambiciones y creencias. No hay grupo humano que no haya sido hostigado por creer en ella, ni derramado sangre al resguardarla. Cuando se le conoce estando alegre, eufórico o sintiendo pena que no sea ajena, siempre se cuenta con ella por ser toda empatía.
2010
Este relato intenta una alegoría fantástica al uso de internet
El Lector de Numa Pompilio
La Auto Educación es, estoy convencido, el único tipo de educación que existe. Isaac Asimov (1920-1992)
Soy un lector del común, algunos me llaman navegante. Aclaro que a Numa Pompilio, el piadoso, el amante de la paz del Campo de Marte, no lo consigo a grandes rasgos, salvo por chascarrillos. Consigo que fenece en sus ochenta y tantos años. Consigo que gobernó después del interregno por más de cuarenta. Y agrego: que se sintió sabino, rey y latino, y que fue un gran conocedor de la electricidad e hijo ejemplar. A Numa Pompilio solo lo describe Terin Net —que algunos erróneamente conocen como el explorador— en trozos de tiempo y en páginas sueltas, páginas tamaño carta salidas de una extraña Epsonip, porque así lo dispone mi bolsillo. Desde que Terin Net trabó amistad conmigo —siempre a través de un cristal— los camaradas de la cuadra —mis viejos amigos— pasaron a un segundo plano. Aunque no hablo de asuntos particulares, debo confesar que sufro de dolores en los huesos, en especial del tronco y las rodillas, producto de malas posturas y tensión. Usted, navegante: acomódese.
No dudo de que Terin Net esté donde se le permita intercomunicarse. Algunos veteranos afirman haberlo(a) conocido por otros nombres. Yo, en particular, por el pseudónimo americano de Arpa, pero aclaro que fue hace mucho tiempo. Nombre parecido —aunque no guarde relación— al instrumento musical de cuerda pulsada, cuya vibración da colorido al segundo himno de Venezuela. Arpa Net asimismo me resuena, a veces sin clara nacionalidad. Aunque sé de memoria el año y lugar de nacimiento: mediados de los sesenta en California, alcanzando la madurez en los ochenta, fecha donde adopta su original nombre de Terin Net, trastocado premeditadamente en este relato. Recién me entero de que otros, contrariamente, lo celebran el 17 de mayo.
A mí, que a veces me llaman el lector de Numa Pompilio —solo por haber investigado trozos de su vida— lo que me provoca la mañana de este primero de julio es estar en Nueva Zelanda. Desde que me jubilé, hago lo que me place. Después de leer los periódicos a las siete, como acostumbro, y realizar la tan necesaria calistenia, virtualmente me siento y, solo, medito frente a uno de sus numerosos lagos. Esta vez, Terin me describe uno oloroso a sulfuro, surgido el diez de junio del 86. Uno que esconde un eufemismo a huevo podrido. Un lago que no es verde-lemna como el Coquivacoa, o marrón-vertedero como el Tacarigua que he olido y visto de cerca, sino celeste y neozelandés. Un lago que hierve como una olla de presión a 85 grados Celsius, que ostentó ser el mayor géiser del mundo y ahora aparenta ser la piscina ideal de un hotel hidrotermal. Yo —insisto— el lector de Numa Pompilio, de haber querido, pude haberle indicado a mi amigo o amiga Terin —de quien dudo del género, aunque me tiene sin cuidado— que me mostrara de nuevo el puerto de Manhattan, como el sábado; el de Valparaíso, como el lunes; o quizás el de Acapulco, como el día anterior que fue martes. Pero no. Mi indiferencia lectora del miércoles me ubica de manera aparente, colocándome en una banqueta de madera y en un lugar remoto, pero muy remoto, sin saber de idioma ni conocer nada del país. Detallo igualmente en otra ventana, la primera, la del origen de esta reseña: que Numa Pompilio, el de pelo ondulado, era asiduo visitante de las aguas termales de Tarentum. Y que fue descendiente de ganaderos, gran amigo de artesanos, hombre de consenso y versado en derecho.
Al ir de un lugar a otro, no me molesta insistir a viva voz cuando me preguntan mi procedencia. Siempre digo que, aunque soy Venezolano: "Con Terin Net me siento ciudadano del mundo y eterno navegante", frase que a veces simplemente pincho dependiendo del ánimo. Puedo estar en una costa, península o isla incivilizada, fingir ser náufrago como el Robinson de la arriesgada travesía, o divisar señales de civilización en la orilla de un pueblo palafítico. Esta vez, virtualmente me levanto —minimizando la ventana anterior— y sigo un camino de piedras volcánicas. Un camino lleno de vapores que reviven por momentos las termales de Tarentum y las de Motatán, que sí conozco de cabo a rabo y no cambiaría por nada. Vapores que asimismo evocan otras visitas: la del parque "Yellowstone" en Estados Unidos, la de "Sol de Mañana" en Bolivia, "El Tatio" en Chile, "Monfortinho" en Portugal y "Landmannalaugar" en Islandia. Al final del sendero, encuentro un cartel dándome la bienvenida junto a una guía sugiriendo direcciones... Ahora —medito—:
· ¿Qué busco en Nueva Zelanda?
· ¿Cuál camino sigo?
Antes era más fácil —por lo rutinario— seguir el de mi brega. Terin Net me ofrece varias opciones: escudriñar la impresionante historia volcánica del país, investigar la cultura ancestral Maorí, ver sus playas con la condición de no bañarme, u observar su rica flora, que es donde comienzo o termino, titubeo por momentos. Para nadie es un secreto que no soy un consumado leedor o escritor, y mucho menos floricultor. Por instinto, sigo al norte de la isla y de mala gana exploro la abundante vegetación, tanta que cansa. Allí detengo mi aparente marcha y comienzo de nuevo, ubicado una vez más en la banqueta frente al lago. Disminuyo el paisaje y continúo con la otra búsqueda. La primera. Encuentro que a Numa Pompilio lo inhumaron con 80 libros y luego aconteció un segundo interregno. Encuentro que dedicó un altar a Júpiter Elicius en el Aventino. Y además, dejó infinidad de historias y reverencias a dioses.
Maximizo el paisaje neozelandés. Pasadas las diez de la mañana, desatiendo las visitas para ir al baño, atender algún reclamo, probar algún bocado o simplemente mirar fijamente un lugar de la estancia para aliviar el sentido. Luego de incorporarme a la habitual posición, observo cuidadosamente el entorno del lago. De un momento a otro, hago a un lado —minimizo— el panorama neozelandés y la semblanza a Pompilio. Noto que mi consorte no está y se me ha ocurrido una idea. El malhumor que embarga el hogar me anima a realizar una tercera y fugaz visita. Una que no necesite tarjeta y que incluya variados trucos de alcoba que mejoren mi afinidad sin ser tosco. Pasada media hora de excitante investigación, veo algo que había olvidado, algo que trae buenos recuerdos y que hacía reír, llorar y carcajear a mi cónyuge. Algo que practicábamos asiduamente cuando disfrutábamos de las mieles y no como el tedio de ahora. No necesito saber más —por ahora—; aprisa, disimulo todo rastro de visita. Mi esposa desanda como un centinela buscando una excusa para recriminarme por el tiempo perdido o por lo que considere. Esta vez, mi mujer inculpa a mi amigo(a) a quien amenaza irracionalmente con cortarle la luz. Terin, haciendo caso omiso —como es lógico— y entre improperios, me insiste —a su manera— que mediante un módico y confiable desembolso puedo renovar la relación conyugal, y que hasta los "vaporones" retornarán al catre, pero sin achacárselos al climaterio o a la indiferencia reinante.
Han pasado horas desde la subrepticia y útil visita. La débil promesa de hacer la práctica más frecuente ha mejorado el humor y amenizado el lecho sin necesidad de pagos seguros y confiables. Ha habido un acuerdo. Continuando con mi rutina y sin haber nunca practicado deporte, ni siquiera jugado metras —canicas—, decido hacer una cuarta visita cerrando la tercera ventana sin descuidar las dos primeras. En esta última, me dispongo a jugar una extraña partida de baloncesto pautada para las cuatro de la tarde con varios jugadores que no conozco. Terin, siguiendo mis indicaciones al pie de la letra, controla todo como siempre. Entre los jugadores hay algunos que no están activos, por ejemplo, Michael Jordan y Scottie Pippen de los Chicago Bulls, Dr. J (Julius Erving) de los Philadelphia 76ers, etcétera. Noto que en algunos, sus jugadas son predecibles, pareciéndome autómatas o torpes sus movimientos. Mi táctica es impresionante para no saber. Sin duda, en mi mente puedo ser un gran deportista y ganar todos los campeonatos, codearme con los mejores de ayer y de hoy. También llegar a ser sin mucho esfuerzo: un afamado historiador, un valiente policía o un genial escritor. Incluso, volverme un niño rico o pobre, fuerte o débil, ser cualquier animal o cosa. No existen límites entre el corto espacio y el reflejo que proporciona Terin Net a través del cristal.
Puede que no sea cierto lo que observo u oigo, pero sin duda entretiene; Terin lo proporciona con gusto. Todo por su cuenta, salvo excepciones. Siento que cuando viajo con Terin, lo hago sin apreciar realmente los elementos que se reflejan: me parece ir por un mar sin brisa ni aroma, un mar que no ahoga; por una tierra con barro sin olor a lluvia, una que no empapa; por un cielo y un astro que no broncea ni enceguece. Todo me parece real e imaginario, como las termales de Motatán o de Tarentum y, a veces, sin poder diferenciar. Así me abstraigo matando el tiempo.
Ya para finalizar lo de Numa Pompilio, encuentro que le atribuyen el haber cambiado soldados por hombres de hogar, de arado y de bien. Que cambió la violencia y las armas por justicia, y que fue el segundo que reinó el Campo de Marte... Y corrijo: que sí era sabino, pero oriundo de la ciudad de Cures... Ahora sí. Concluida la síntesis de Pompilio, la hago revisar al detalle, sometiéndola a un corrector: noto que es tarde. Seguidamente y con ayuda de la Epsonip, la fijo en cuartillas para luego abandonar definitivamente la banqueta, el juego y la biografía. Esto lo hago con el golpe de tres clics consecutivos arriba y a la derecha, donde advierto una especie de aspa detrás del cristal que enfrento e irrita mis ojos.
Con toda la experiencia adquirida desde mi trato con Terin Net, creo sin lugar a dudas que lo resolveré todo. Pienso incluso que con mi agilidad óculo-manual haré cualquier cosa. Pienso que si pude ir de un lugar a otro en cuestión de segundos, retornar, finalizar o comenzar de nuevo, el límite me pertenece. Estoy consciente de que todo depende de la cantidad de viajeros que coincidan con mis deseos. Cuando es excesiva la sincronía, todo se torna lento y aburrido. Lo que no arroja dudas es que soy un viajero empedernido que tuvo la suerte y la disponibilidad financiera de contar con tan grata compañía. Diría que sin mi eventual amigo(a) sería imposible viajar y hasta conocer el Campo de Marte a menos que: esté de vacaciones, sea diciembre, tenga dinero lícito o mal habido, sea un militar de oficina y "enchufado" al gobierno, o un maestro que ganó la lotería.
Para ser amigo de Terin Net hay que habituarse a guardar distancia —aconsejan un metro— y a estar largas horas sentado manteniendo una buena postura, realizando de vez en cuando ejercicios de estiramiento; solo así se puede interactuar adecuadamente sin consecuencias que lamentar. Deduzco —por conocerlo desde el 2008— que sus necesidades básicas son mínimas. Que le basta solo una pequeña habitación donde no falle la luz. Otros afirman que el clima frío le sienta bien. Para Terin es vital contar con al menos la primera, sino su temperatura aumenta y así es incapaz de dar señales. Sin dejar de mencionar su temor a los virus. Terin Net es susceptible a ellos, se diría que más de lo normal. Su mundo está limitado entre cuatro esquinas formadas por líneas perpendiculares y, por ende, cuatro bordes que se comunican entre sí, formando un paralelogramo que da forma a un cristal: antesala a mundos infinitos, mundos al tacto afines, mundos lisos y traslúcidos, mundos custodiados.
Con Terin Net se puede conseguir todo, incluso perderlo todo. Algunos le recriminan que su fácil acceso encubre un oscuro interés capitalista ya que todo lo "recarga" a sus amigos. Otros, por el contrario, afirman —como quien escribe— que es el gran invento del siglo XXI. Dicen que el "cash" nunca le ha sido útil, pero nada de lo que lleva a cabo es gratuito, todo tiene su costo directo o indirecto. Así es Terin Net, a esta altura imprescindible.
· ¿Qué vendrá después?
Me pregunto la mañana de este jueves 18 de julio desde la aparente banqueta, donde reincido sin saber, pero siempre frente a un cristal, siempre el mismo espacio.
2013
Desescultura.EditorUn mendigo en América
Por: J. G. G. V.
Imagino un mendigo de verdad, porque no delinque. Un caso paradójico de orgullo por lo que se es y no se tiene. Un errante falto de memoria: de lugar y tiempo. Preferiblemente de un país latino, que podría ser Italia, Francia o Portugal, pero, por comodidad lingüística, mejor de España. Un mendigo deprimido de cruzar fronteras sin "tanto" trámite, decaído por frías calles europeizantes y hastiado, particularmente, del euro. Uno que decide dejarlo todo, cruzar el charco, emigrar, aunque aseguran que reincide. Se larga buscando el calor del trópico, esa felicidad de la que tanto hablan los expertos y en la que cree o creyó firmemente.
Supongamos que viaja de polizón, con todo lo que eso conlleva, nada fuera de lo común en estos días. Al desembarcar, lo primero que percibe es un familiar olor a petróleo. Le ha tocado un país rico por suerte, y es seguro que lo que dejó atrás será superado con creces. Atrás quedaron los fastidiosos mercados de comida y ropa gratuitos, los numerosos albergues, las insignificantes ayudas y, en especial, los pertinaces visitadores sociales.
Lo primero que hace el recién llegado es buscar asesoría sin éxito. Intenta ir a potenciales dependencias y se frustra. Opta por buscar a sus paisanos, notando que la mayoría no está en sus cabales, con síntomas inequívocos de desnutrición y totalmente abandonados. Algunos incluso exhiben heridas desatendidas y otros, más "cuerdos", se arriesgan en escuálidas sillas de ruedas por transitadas avenidas, forzando limosnas sin caridad para luego formar parte de fatales estadísticas de olvido o indolencia.
Alguien lo invita al basurero: con suerte conseguirán algún bocado, tal vez algo de vestir o, quizás, qué revender. El recién llegado se muestra evasivo porque el ambiente le parece familiar. Otro, más considerado, le ofrece la oportunidad de ser su propio jefe en un cajero automático, donde recordará monólogos y reaparecerá como el mejor actor de la sociedad, el protagonista de su propia obra. El favorito del cielo y el infierno, bregando a toda hora. Ni la lluvia ni el granizo lo alejarán de las tablas, a las que antepondrá al calor de numerosos albergues, pero estará feliz por haber recordado al país que lo vio nacer, a pesar de ser aún más pobre.
Nadie lo recordará salvo en época de elecciones, donde será un patriota. Tendrá ropa limpia, comida y hasta identificación. Pertenecerá al partido de gobierno y votará por su justa causa. Cuando todo esto pase, alguien hablará de él para generalizar la pobreza del país, dándole cobijo como ejemplo de sus buenas intenciones. Luego lo echarán, alegando falta de presupuesto. La corrupción se lo habrá llevado todo, sin culpables (por costumbre).
Por todo se hará el "ido" tantas veces como limosna obtenga. Cuando se vuelva un hábito, se habrá ido de verdad, pero no sentirá hambre, creyendo ver comida en todas partes. Le habrán crecido el pelo y la mugre, y la gente lo despreciará aún más. Con suerte, imaginará retornar a la infelicidad de donde nunca debió regresar. Será reincidente, saltando la imaginaria verja, creyendo estar a salvo por no tener deudas ni pecados, y por ser un osado e ingenuo creyente.
Desescultura.Editor
2012. La Beatriz



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